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El primer gol de Mandela


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 22 de diciembre de 2013 a las 8:56 | Clasificado en Deportes, Ocio

El líder político más entrañable de la historia moderna supo entender como nadie que el deporte jugaría un papel determinante en la reconciliación de su país. Y aunque el rugby ejerció de protagonista, fue el fútbol quien, desde su papel secundario, allanó el camino

Estatua de Nelson Mandela en la embajada de Sudáfrica en Washington, Estados Unidos (Foto: tedeytan | Flickr)
Estatua de Nelson Mandela en la embajada de Sudáfrica en Washington, Estados Unidos (Foto: tedeytan | Flickr)

Nelson Mandela nos ha dejado. El hombre que cambió el rumbo de la historia de una Sudáfrica avasallada por un ilógico conflicto racial, demostró a todos que otro mundo era posible. El entrañable luchador que con su sacrificio, su paciencia y su inteligencia supo ganarse a aquellos que en las calles cargaban con odio contra los ciudadanos negros, a los que los políticos habían despojado de su dignidad como personas por el hecho de tener distinto color de piel.

Quien tuvo ocasión de conocer a Mandela asegura que con un simple apretón de manos, una simple mirada, transmitía una paz y una seguridad difíciles de describir. Fue un político distinto. Supo desterrar toda la ira y la venganza, tan propias de la raza humana, para conquistar a los que fueron sus enemigos y guiarles a la reconciliación de todo un país. Y todo ello, por increíble que parezca, gracias al deporte. Supo entender como nadie que en el mismo territorio en que blancos y negros parecían condenados a odiarse por siempre, cualquier tema deportivo se podía convertir en la única excusa para compartir una amigable charla.

Sin lugar a dudas, la Copa del Mundo de rugby de 1995 que tuvo lugar en Sudáfrica fue determinante para unir a todos los sudafricanos. Muchos eran los que temían (entre ellos el propio Mandela) que los ‘afrikáners’ mostrasen su rechazo al nuevo himno de la nación, pero todos al unísono entonaron el ‘Nkosi Sikelel’ iAfrika’ (“Dios bendiga a África” en idioma xhosa) en el estadio Ellis Park de Johannesburgo. Blancos y negros, unidos de nuevo, llevaron en volandas a los suyos para imponerse a los todopoderosos ‘All Blacks’ neozelandeses. Cuando Joel Stransky acertó con su ‘drop’ en la prórroga y permitió al capitán de los ‘springboks’, François Pienaar, alzar el trofeo Webb Ellis, el mundo entero pudo respirar aliviado

Pero, ya algunos años antes, Mandela tomó conciencia de que el deporte debía inundar el escenario de la política para salvar a toda Sudáfrica. Y empezó con el fútbol.

El deporte, la clave

El rugby marcó un antes y un después en la historia de Sudáfrica. Qué duda cabe. Es más, John Carlin, en su libro ‘El factor humano’, asegura que a Madiba solo hubo un acontecimiento deportivo de los muchos a los que hizo alusión que contribuyeron al cambio en el país: la final de la Copa del Mundo de rugby. Pero ese no era el único deporte que agudizaba la segregación en territorio sudafricano.

Los afrikáners jugaban al rugby, los ingleses al criquet y la mayoría de los negros al fútbol, que era el deporte nacional. Pero de poco importaba que imperase en cada momento, porque con cada nuevo acontecimiento deportivo todo el país entraba en una relativa calma para prestar atención a la televisión o asistir a los estadios a ver lo que allí sucedía.

Sin ir más lejos, tal y como explica Simon Kuper en su libro ‘Fútbol contra el enemigo’, durante el Mundial de fútbol de Italia la delincuencia descendió a unos niveles sin precedentes. Antes incluso del éxtasis de 1995, blancos y negros se abrazaron y festejaron una victoria sobre un terreno de juego en el Mundial de criquet de 1992 cuando Sudáfrica derrotó a Australia. Entonces, Steve Tshwete, antiguo prisionero político del Congreso Nacional Africano (CNA) , y Kepler Wessels, afrikáner, se fundieron en un abrazo. “Jamás lloré mientras estuve en Robben Island, pero esa noche sí”, confesó más tarde Tshwete.

El fútbol otorgó un primer impulso

Mientras estuvo vigente el régimen de ‘apartheid’, fueron muchos los organismos que prohibieron la participación de los equipos nacionales sudafricanos en las principales competiciones internacionales. Desde la International Rugby Board (IRB), que hirió en su orgullo a los ‘afrikáners’ impidiendo a los Springboks realizar una gira por Nueva Zelanda, hasta la FIFA, que no aceptó a Sudáfrica como miembro del máximo organismo del fútbol mundial hasta junio de 1992 en Zúrich (Suiza).

Ese mismo año, el combinado nacional de fútbol participó en la clasificación para el Mundial de Fútbol que se celebraría en Estados Unidos en 1994. Los ‘bafana bafana’ (“muchachos” en lengua zulú), se medían en enero a Nigeria en un partido clave para conservar intactas sus posibilidades de acceder a la fase final de una cita mundialista, por primera vez en toda su historia. Y Nelson Mandela, sabedor de la importancia de dicho evento, no se lo podía perder.

En un nuevo ejemplo de que el deporte y la política debían de trazar el camino hacía la paz en Sudáfrica, con las primeras elecciones multirraciales a la vuelta de la esquina, Madiba quiso charlar con el equipo nacional de fútbol en la hacienda rural de Helderfontein. Por aquel entonces, tan solo había tres jugadores blancos en el equipo. Con uno de ellos, el portero Roger De Sa, tuvo ocasión de hablar Simon Kuper instantes antes de la visita de Madiba para saber si los jugadores estaban entusiasmados o no con la visita. “Yo no. Yo no le votaré”, respondió con frialdad el futbolista. Pero el escenario ya era diferente al de meses atrás.

“El fútbol es una de nuestras actividades más cohesionadoras”, aseguró Mandela. Y sin duda lo fue. El seleccionador de aquel equipo, el peruano Augusto Palacios, ya había contribuido a allanar el arduo camino que durante tantos años había recorrido el líder sudafricano. En sus concentraciones, lejos de lo que muchos pensaban, negros y blancos convivían de forma armoniosa. Palacios relató a Kuper que cuando comenzó su trabajo con los ‘bafana bafana’, el color de la piel hacía que unos y otros utilizasen distintos vehículos para realizar los viajes.

“Si nos desplazábamos a Durban, íbamos en cuatro coches y cuando llegaba el primero, todos los blancos se subían a él. Y lo mismo sucedía cuando comíamos en mesas pequeñas”. Por eso, fue él quien asumió la distribución de las habitaciones y ordenó que las mesas de los comedores fueran siempre amplias para que todos pudieran comer juntos. “Y cuando los jugadores formaban parejas para pasarse el balón, yo mismo me encargaba de que fuesen mixtas”, contaba Palacios.

Finalmente, Sudáfrica no logró el pasaporte para el Mundial de Estados Unidos de 1994, pero poco importaba. Mandela, Palacios y otros tantos héroes anónimos sembraron la semilla de la reconciliación entre negros y blancos. Después, como la historia se ha encargado de recordarnos tras la marcha del líder sudafricano, los ‘springboks’ devolvieron la paz al territorio sudafricano en 1995.

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