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Héroes más allá del ring


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 4 de agosto de 2013 a las 13:51 | Clasificado en Deportes

El historiador Bert Sugar llegó a definir la pelea que enfrentó a Joe Louis y Max Schmeling en 1938 como “el mayor evento deportivo del siglo XX”. Más de 100 millones de personas de todo el mundo lo siguieron a través de la radio. Aquello era más que un simple combate de boxeo.

Max Schmeling y Joe Louis durante el pesaje previo al combate de 1938(Foto: Wikipedia.org)
Max Schmeling y Joe Louis durante el pesaje previo al combate de 1938(Foto: Wikipedia.org)

Cuando Joe Louis y Max Schmeling llegaron al ring situado en el centro del Yankee Stadium y las miradas de los 70.043 espectadores que estaban allí presentes se clavaron sobre ellos, ya eran conscientes de que el verdadero enemigo al que habían de medirse no se encontraba en la otra esquina del cuadrilátero. ¿Por qué? Ni ellos mismos lo sabían.

Corría el año 1935 cuando el boxeador alemán Max Schmeling asistió como un espectador más a las gradas del Madison Square Garden de Nueva York para presenciar la velada de aquel 13 de diciembre de 1935. Aquella noche, ‘The Basque bull’ (el ‘Toro vasco’) Paulino Uzcudun, de 36 años, nacido en Regil, provincia de Guipúzcoa, se medía a ‘The black bomber’ (el ‘Bombardero negro’) Joe Louis, de 22 años. La pelea acabó con el púgil español sobre la lona después de que Louis conectase el golpe más violento que habían visto muchos cronistas de la época.

Sin embargo, el veterano boxeador guipuzcoano dejó en evidencia algunas de las carencias del que a la postre se convertiría en el primer campeón negro de los pesos pesados desde Jack Johnson y en una de las grandes leyendas de este deporte. De esos pequeños defectos se percató Max Schmeling, que decidió retar a Louis. Tras las correspondientes negociaciones, el excampeón mundial de los pesos pesados alemán se vio las caras en el ring con el joven estadounidense, quien ya había ostentado ese título con tan solo 23 años tras derrotar a James J. Braddock (‘Cinderella Man’).

La noche de aquel 19 de junio de 1936, muy pocos eran los que otorgaban alguna opción a Schmeling ante el todopoderoso ‘Bombardero negro’, que llegaba a la velada invicto en su trayectoria profesional (27 victorias por ninguna derrota). Pero el boxeo tenía reservada una sorpresa que trasladaría al combate a un escenario político y cultural mucho mayor de lo que cualquiera de los asistentes a la velada podía imaginar.

Max Schmeling supo sacar partido a la inexperiencia de Louis. Analizó sus combates y descubrió una debilidad habitual en su defensa, ya que de forma inconsciente bajaba el guante izquierdo después de lanzar un golpe. Como ya dijese James J. Braddock, a quien diera vida Russell Crowe en la película ‘Cincederella Man’, Joe Louis “era un fanático de la mano derecha. Cada vez que golpeaba con ella asomaba la cara rogando un puñetazo”. El púgil alemán aprovechó ese flanco para minar la resistencia de su rival y conectar los puños que acabaron por mandarle a la lona en el duodécimo asalto. Pero el combate no terminó ahí. Es más, acababa de empezar.

La derrota dejó paso a la épica/do]

En su regreso a Alemania, Max Schmeling fue recibido como un auténtico héroe. Una multitud de aficionados le esperaba en el aeropuerto. Fue agasajado por las máximas autoridades del Tercer Reich, hasta el punto de que le prestaron un descapotable para que pudiera pasear con su esposa y saludar a las masas que aclamaba a su nuevo ídolo. El propio Adolf Hitler encontró en Schmeling un nuevo icono para demostrar la superioridad de la raza aria. Un icono que, al contrario de lo que se pudiera pensar, no simpatizaba con las ideas del régimen nazi.

Pese a contar con el beneficio que le proporcionaba el patrocinio de las más altas esferas del Reich y la admiración que despertaba en el ‘Führer’, Max Schmeling siempre se mostró partidario de separar el deporte de la política. Pero no solo eso, sino que además intentó distanciarse del régimen. En una ocasión, cuando el propio Hitler le preguntó “¿Cuándo supiste que vencerías al americano?” el púgil, en tono burlón, respondió: “cuando el árbitro pito el final”. Y todo ello pese a que alojaba en su casa a amigos judíos para intentar protegerlos.

Sin embargo, en el contexto mundial de 1938, con la expansión territorial alemana en pleno auge al igual que las ideas antisemitas del Tercer Reich, resultaba poco creíble que un alemán tratase de mostrar ideas opuestas a las del régimen que le promovía y le trataba como un héroe. Quizá por eso, cuando llegó a Estados Unidos para la revancha con Joe Louis, tal y como cuentan las leyendas, apenas pudo salir de su hotel para continuar con su preparación, ya que una masa de enfurecidos le amenazaba continuamente por considerarlo nazi.

Es por ello que el combate acabó por adquirir una dimensión que iba mucho más allá de lo que pudiese pasar sobre el ring. El día de la revancha hubo medios norteamericanos que publicaron “El día de Joe Louis contra Adolf Hitler”. Muchas de las aspiraciones culturales, raciales y políticas más profundas estaban en juego sobre el cuadrilátero del Yankee Stadium de Nueva York aquel 22 de junio de 1938. Las implicaciones políticas eran tales que el propio Joe Louis confesó años más tarde que hubo un momento en el que pensó: “Todo el maldito país dependía de mi”.

Y es que, de la misma forma que Max Schmeling se había visto envuelto en una ola de odio contra un régimen al cual aseguraba no representar, Joe Louis vio como los aficionados le otorgaban el papel de chico bueno de la película. Se convirtió en la esperanza de todo un pueblo, un motivo para seguir luchando por el cambio. La historia que rodeaba al combate era tal que lo sucedido sobre el ring cuando sonó la campana pasó casi inadvertido. El boxeador alemán no tuvo tiempo siquiera de comprobar si el estadounidense había corregido la debilidad que le costó el anterior combate, ya que el ‘Bombardero negro’ salió como un auténtico huracán y en menos de tres minutos noqueó a su rival y obligó a su equipo a arrojar la toalla.

Hay quien asegura que cuando Schmeling se desplomó sobre la lona, muchos vivieron un momento mágico, como sin en aquel mismo instante las fuerzas del mundo volviesen a estar en armonía. El chico bueno había vencido al chico malo, pese a que ninguno de dos alcanzaba a entender las razones por las que les había sido asignado uno u otro rol. Tanto es así que años más tarde entablaron una buena amistad y demostraron ser unos verdaderos héroes. De no haber sido así, quizá Schmeling no habría costeado los gastos del tratamiento quirúrgico al que tuvo que ser sometido Louis como consecuencia de su adicción al alcohol.

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