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La diplomacia usó la raqueta


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 9 de junio de 2013 a las 13:22 | Clasificado en Deportes

El final de la conocida como ‘Revolución Cultural Proletaria’ en la China del régimen comandado por Mao Tse-Tung dio paso a uno de los capítulos más entrañables y memorables de la relación entre deporte y política.

Zhuang Zhedong y Glenn Cowan al bajarse del autobús (Nixonfundation.org)
Zhuang Zhedong y Glenn Cowan al bajarse del autobús (Nixonfundation.org)

En la mañana de aquel día abril de 1971, cuando Glenn Cowan y Zhuang Zhedong despertaron, ni siquiera podían imaginar que el motivo que les había reunido en la ciudad japonesa de Nagoya pudiera dar al traste con tantos años de enemistad entre sus países. La casualidad quiso convertirlos en protagonistas de una historia en la que el deporte acabó por reconstruir aquello que las ideas políticas habían destruido.

Cuando Cowan abandonó el hotel en el que se encontraban alojados algunos de los equipos nacionales participantes en el Campeonato del Mundo de Ping-Pong, supo que la jornada no había empezado nada bien para él. El autobús de la delegación de Estados Unidos había partido hacia el pabellón donde se disputaba el torneo y de él nadie parecía haberse acordado. Para tratar de enmendar la situación, sin dudarlo ni un instante, se subió al primer vehículo que encontró estacionado con el logo de la organización.

Cuando entró, los ocupantes del mismo le miraban extrañados. Ninguno de ellos entendía qué hacía un tipo ataviado con la indumentaria de Norteamérica en el autocar del equipo de China.  Muchos de los allí presentes habían sido educados en plena ‘Revolución Cultural Proletaria’.

El temor a la represión

Las amenazas y la violencia utilizada por los más jóvenes seguidores de la doctrina de Mao Tse-Tung, integrantes muchos ellos de los temidos ‘Guardias Rojos’ que durante su niñez habían tenido que padecer los integrantes del equipo chino, daban miedo. Para aquellos deportistas chinos la norma era la desconfianza hacia toda aquella persona que se alejase lo más mínimo de la revolución comunista y la persecución hacia cualquier resquicio de la China imperial o hacia cualquier vestigio del mundo capitalista.

Una situación de esquizofrenia social que asoló China entre los años 1966 y 1971 cuando el líder comunista cayó en la cuenta del caos que sus ideas habían creado. Un escenario que vivió Zhuang Zhedong, uno de los jugadores del equipo chino que se encontraba en el autobús. Campeón del mundo en 1961, 1963 y 1965 vio como toda su carrera se acababa cuando solamente empezaba a despegar.

El por entonces líder del combinado contaba con tan solo 26 años cuando la locura se desató en su país. Zhuang era una estrella. La gente abandonaba sus trabajos para escuchar por la radio la facilidad con la que superaba a todos sus oponentes. Pero todo se apagó de repente. El ping-pong, de origen británico, fue considerado parte de la burguesía, razón por la cual dejó de ser un deporte de masas en el país asiático y su práctica comenzó a ser perseguida.

El joven jugador no pudo asimilar este cambio radical y se unió a un grupo de opositores al régimen de Mao. No obstante, pronto entendió que así no conseguiría nada y optó por pedir disculpas públicamente, algo que no hicieron algunos de sus compañeros y su entrenador, quienes se ahorcaron después de que las autoridades chinas los declarasen traidores.

La represión dejó paso al ping-pong

Pero la situación escapó por completo del control de los dirigentes comunistas. La revolución tuvo una serie de consecuencias nefastas para China, ya que además de la pérdida del capital humano que supuso la persecución de intelectuales, universitarios y otros profesionales, la economía acabó por estancarse. El régimen volvió de aquellos dirigentes a los que antes había perseguido para que reflotasen el país. Se abandonó la planificación centralizada de la economía implantada por Mao y se establecieron nuevos cauces económicos con otros países. En el plano político también se produjo un avance cuando la República Popular de China accedió al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas en 1971

La apertura de la represión permitió a Zhuang Zhedong volver a disfrutar del ping-pong. La Federación Internacional de Tenis de Mesa permitió a China volver a participar en un campeonato del mundo y la vida le dio una segunda oportunidad a Zhuang para demostrar que aún seguía siendo el mejor. Y allí estaba sentado en el autobús que habría de llevarle a conquistar con el resto de su equipo la supremacía mundial.

Quizá por eso, cuando vio cómo aquel extraño, pero también jugador de tenis de mesa, no encontraba dónde sentarse no tuvo inconveniente en cederle un lugar junto a él. Pero no sólo eso. El jugador chino buscó entre sus pertenencias, entre las que había multitud de insignias del régimen de Mao, y encontró una bufanda en la que aparecía una imagen de la montaña amarilla de Huangshan que regaló al estadounidense con quien charló, por medio de una intérprete, del valor de la amistad. Cowan, que no tenía nada en ese momento con lo que agradecer el gesto a Zhuang, le regaló unos días después una camiseta con un símbolo de la paz en la que se podía leer ‘Let it Be’.

Fueron muchos los periodistas que aguardaban la salida de los jugadores y que pudieron captar la imagen que daría la vuelta al mundo. Zhuang Zhedong y Glenn Cowan salían del autobús riendo juntos. Fue esa la estampa que dio el impulso definitivo a las reformas aperturistas emprendidas por el régimen chino. Mao Tse-Tung olvidó todo lo que había dejado tras de sí la Guerra Fría y sus diferencias con Estados Unidos quedaron a un lado cuando decidió invitar al equipo norteamericano a disputar un partido en el país asiático.

Esta invitación dio lugar a una visita secreta a Pekín del secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, que precedió al viaje del presidente Richard Nixon en 1972. Quiso la casualidad que el despiste de uno de sus deportistas permitiese al presidente estadounidense cumplir uno de sus objetivos prioritarios y restablecer las relaciones diplomáticas entre ambos países.

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