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La Guerra Fría llegó al parqué


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 21 de julio de 2013 a las 9:16 | Clasificado en Deportes

Aunque, por suerte, ninguna de las bravuconadas que durante la Guerra Fría se lanzaron Estados Unidos y la URSS les llevó a enfrentarse en el campo de batalla, el ‘contexto bélico’ sí que tuvo lugar en las canchas de diferentes deportes.

Los jugadores de la selección de baloncesto de Estados Unidos tras la final de los JJOO de Múnich 1972 (Foto: Youtube)
Los jugadores de la selección de baloncesto de Estados Unidos tras la final de los JJOO de Múnich 1972 (Foto: Youtube)

Más allá de las tensiones a ambos lados del ‘teléfono rojo’, la Guerra Fría deparó historias en que la política se filtraba y se hacía hueco entre las escenas deportivas del momento. De la misma forma que el planeta contenía la respiración con cada desencuentro entre Estados Unidos y la Unión Soviética, con cada exhibición armamentística o con el más mínimo desliz de uno de los representantes de cualquiera de los bandos, la diversión estaba garantizada con cada enfrentamiento entre soviéticos y estadounidenses en un terreno de juego.

Uno de los momentos memorables de esta guerra a pequeña escala que libraron en el escenario deportivo fue la final del torneo de baloncesto de los Juegos Olímpicos de Múnich, el 10 de septiembre de 1972. La Unión Soviética, que junto a Yugoslavia dominaba el panorama europeo, se presentó a la cita olímpica con su mejor arsenal. Quizá su juego no era el más atlético o el más creativo de la época, pero sin duda nadie podía negar su eficacia. Por aquel entonces, enfrentarse a la URSS solía traer consigo una abultada derrota. Si no, que se lo digan a la generación que a comienzos de los setenta hizo despegar el baloncesto en España.

No obstante, los soviéticos no eran capaces de acortar la distancia que les separaba de Estados Unidos. A pesar de que el Comité Olímpico Internacional prohibía la participación de profesionales en los Juegos y la selección norteamericana debía prescindir de las estrellas de las grandes ligas (ABA y NBA) para acudir a las grandes competiciones internacionales con un equipo de universitarios, su poder sobre el parqué era enorme. Era como si Brasil compitiese en un Mundial de fútbol con un equipo de juveniles, pero diera igual.

En las siete ocasiones anteriores en que el baloncesto había sido olímpico, desde Berlín en 1936, el oro había sido para Estados Unidos. La URSS lastraba el peso de cuatro finales perdidas contra el gran enemigo occidental, que llegó a acumular 62 victorias consecutivas en las citas olímpicas.

Pero las cosas iban a cambiar en las atípicas olimpiadas de Múnich de 1972. Algo que nadie podía prever cuando  meses antes del torneo la estrella del baloncesto universitario estadounidense, el pívot de UCLA Bill Walton, renunció a la convocatoria.

La verdadera causa nunca terminó de aclararse. Los entrenadores adujeron problemas físicos y, desde la comisión encargada de confeccionar la lista, se argumentó que Walton se había negado a participar en los entrenamientos correspondientes a la fase de preselección. Pero también cobró fuerza el rumor de que la decisión obedecía en realidad a la disconformidad del joven pívot con la actuación del ejército estadounidense en Vietnam.

El asunto causó cierto revuelo, pero nadie temía por el equipo. La confianza en lograr el oro permanecía intacta. El bloque parecía igualmente competitivo con estrellas como el base Doug Colling, de la Universidad de Illinois, y Dwight Jones, un poderoso y técnico jugador procedente de Texas. En el banquillo se sentaba, por tercera cita olímpica consecutiva, el mítico Hank Iba, veterano entrenador de Oklahoma State y una especie de padre espiritual de los técnicos universitarios de varias generaciones.

En el contexto de la Guerra Fría, el equipo soviético también estuvo salpicado por los cambios de última hora. Al margen de las grandes estrellas del combinado, como Sergei Below, un base-escolta portentoso que ya se había colocado entre los mejores jugadores europeos de la historia, y el ala-pívot Aleksandr Belov, en el banquillo Vladimir Kondrashkin había asumido el cargo de forma repentina.

El por entonces entrenador del modesto Spartak de Leningrado había sustituido en el cargo poco antes del torneo al legendario Alexander Gomelsky, un cambio sobre el que se especuló y mucho. Tanto es así que, aún cuatro décadas después, la teoría más probable es la que cuenta que el KGB negó el visado a Gomelsky por miedo a que, al ser de etnia judía, aprovechase los Juegos Olímpicos para solicitar la nacionalidad al gobierno israelí.

Era evidente que estados Unidos partía como clara favorita, pero ya antes del choque se consideraba al conjunto soviético como el más poderoso hasta entonces y el único capaz de plantarle cara a los estadounidenses. La igualdad era mucho mayor de la que cualquiera podría imaginar hasta entonces. Mientras la URSS había construido un sólido bloque que había disputado cientos de partidos sin apenas variaciones -había quien hablaba incluso de un total de 400-, el combinado de universitarios norteamericanos solo había jugado doce encuentros de preparación antes de la cita olímpica.

Pese a eso el equipo norteamericano se presentaba en Múnich con un camino hacia la final que había sido un paseo, como no podía ser de otra forma. Uno detrás de otro, fueron cayendo equipos como Checoslovaquia, Cuba, Brasil, Egipto y Japón, la mayoría con diferencias escandalosas.

Dwight Jones ofrecía una exhibición tras otra y lideraba la estadística del torneo en puntos y rebotes. También tuvieron tiempo para brillar hombres como Thomas Henderson y Ed Ratleff, pero en realidad importaba poco quién asumiese el papel de estrella cada día. Probablemente habrían alcanzado la final con idéntica facilidad cuatro combinados universitarios diferentes. Definitivamente, eran otros tiempos en el baloncesto internacional, como se pudo comprobar en la victoria sobre Italia en la semifinal por 30 puntos de diferencia.

En cualquier caso, tal y como hiciese Estados Unidos, que alcanzó la final con ocho contundentes victorias, la URSS llegó invicta al partido decisivo. Pese a que no era un equipo tan brillante, sí que mostró su superioridad respecto a los rivales a los que tuvo que medirse. Incluso derrotó con cierta claridad a rivales potentes, como Italia y Yugoslavia. Tan solo pasó apuros en la semifinal ante Cuba, a la que finalmente acabó por ganar 67-61.

La final comenzó y la primera sorpresa no tardó en saltar cuando el equipo soviético se anotó el primer parcial a su favor (7-0). Los minutos pasaban y Estados Unidos estaba a merced de los soviéticos. Como explicó Tom Henderson, base americano aquel día, “jugamos su partido”. Los pupilos de Vladimir Kondrashkin lograron imponer un ritmo lento y “a la europea”.

El marcador al descanso era de 26-21 para la URSS, pero lo que no sabían los estadounidenses es que el mal fario les pondría todas las trabas posibles para evitar su victoria. Con cuatro puntos de desventaja y doce minutos aún por disputarse, los americanos perdieron a su mejor jugador, Dwight Jones, que fue expulsado por una pelea con Dvorni Edeshko. Acto seguido, el alero Jim Brewer se golpeó la cabeza contra la pista y tuvo que abandonar la final. La situación era dramática para un combinado estadounidense que, en un arranque de coraje y gracias a una férrea defensa, logró igualar el partido.

No obstante, el momento decisivo del partido estaba aún por llegar. Cuando restaban diez segundos para la conclusión del partido, con 49-48 abajo, Estados Unidos robó el balón y el contraataque terminó en una durísima falta contra Doug Collins que, aún conmocionado, logró acertar desde la línea de tiros libres para dar la ventaja a los suyos (50-49).

Pese a su mala suerte, los estadounidenses ya se veían con la medalla de oro colgada al cuello. Los nervios llevaron a los soviéticos a perder el balón pero, cuando restaban tres segundos, el árbitro brasileño Renato Righetto hizo sonar su silbato y la cancha se convirtió en un auténtico quilombo. Con el balón en juego, los jueces de mesa otorgaron a Vladimir Kondrashkin, seleccionador de la URSS, el tiempo muerto que, según él, había solicitado antes de que sacasen sus chicos por lo que habían de sumar tres segundos al tiempo.

Los soviéticos volvieron a perder la bola y cuando los jóvenes estadounidenses la recuperaron comenzaron a festejar la victoria. Pero el técnico soviético protestó a los jueces de mesa porque, a su juicio, el reloj no se había puesto en marcha de forma correcta con los tres segundos que les habían concedido.

La escena requirió de la intervención del propio presidente de la Federación Internacional de Baloncesto, Renato Williams Jones, hasta que finalmente se concedieron otros tres segundos más a la URSS que, por tercera vez consecutiva, sacaba de fondo para disponer de un nuevo ataque. Y esta vez no fallaron. El balón cruzó la cancha y llegó a manos de Aleksandr Belov que anotó la canasta decisiva al tiempo que sonaba la bocina.

La polémica estaba servida y, mientras los soviéticos celebraban el oro, los norteamericanos protestaban sin cesar. Pero no hubo rectificación alguna por parte de los árbitros de la contienda. Por primera vez, el gran enemigo baloncestístico, político e ideológico había derrotado a la selección universitaria.

La humillación fue tal que los jugadores de Estados Unidos se negaron a participar en la ceremonia de entrega de medallas y renunciaron a la medalla de plata. Es más, se negaron a firmar el acta y presentaron una protesta formal. En las horas siguientes un comité de expertos ratificó la victoria soviética por tres votos a dos. Curiosamente, los representantes de Italia y Puerto Rico apoyaron la reclamación, mientras que los de Cuba, Hungría y Rumanía la denegaron, repitiendo el típico esquema que dibujaba el escenario de la Guerra Fría.

A su vuelta, los jugadores estadounidenses fueron recibidos como triunfadores morales, pero la decepción aún tardaron en olvidarla. Tanto es así, que no hubo forma de que aceptasen las medallas que aún permanecen custodiadas por el Comité Olímpico Internacional en su sede de Lausana. Doce veinteañeros habían quedado marcados por una derrota con un enorme trasfondo político tras de sí.

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