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Medalla al buen alemán


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Álvaro Hernández

Soy diplomado en Turismo, pero siempre he querido ser periodista, y por fin me he puesto manos a la obra con ello. Colaboro de vez en cuando con la Ser de Almería y con el periódico local La voz de Almería.


Escrito el 8 de abril de 2013 a las 11:06 | Clasificado en Deportes

Las Olimpiadas de Berlín, diseñadas para mostrarle al mundo el poder del nazismo, quedaron empañadas por una amistad muy especial: la de Jesse Owens y Lutz Long

Owens y Long en el podio tras la prueba de salto de longitud (Fuente: Wikipedia)
Owens y Long en el podio tras la prueba de salto de longitud (Fuente: Wikipedia)

Cada cuatro años, con la celebración de los Juegos Olímpicos, salen a relucir términos como “deportividad” o “espíritu olímpico”, valores que adquieren un significado especial cuando aparecen en mitad de la tragedia y nadie lo espera. En las Olimpiadas de la Era Moderna se han dado algunas situaciones en las que se ha demostrado qué es el verdadero espíritu olímpico. Una de esas historias tuvo lugar en los últimos Juegos Olímpicos antes de la Segunda Guerra Mundial, los de Berlín, en 1936.

Las Olimpiadas de Berlín fueron diseñadas como escaparate del nazismo. Era la oportunidad perfecta para que Hitler mostrara al mundo el potencial alemán y la superioridad de la raza aria respecto a otras “razas secundarias”. Pero un obstáculo se presentó ante las intenciones nazis: el atleta afroamericano Jesse Owens.

La gesta del estadounidense en las Olimpiadas de 1936 es de sobra conocida. Logró derrumbar el mito de la raza aria con medallas de oro en cuatro disciplinas del atletismo: 100 metros lisos, 200 metros lisos, la carrera de relevos de 100 metros y salto de longitud, en uno de los episodios más recordados del deporte del siglo XX.

Mucho es lo que se ha escrito sobre la historia del joven de raza negra de Alabama que consiguió subir a lo más alto del podio en cuatro ocasiones ante los dirigentes nazis, pero poco se sabe del atleta alemán que ayudó a Owens a conseguir una de esas preseas.

Lutz Long, con su 1,84 de altura, de pelo rubio y con ojos azules, era el ejemplo perfecto del alemán ario. Su medalla de bronce en los Campeonatos Europeos de atletismo celebrados en Turín en 1934 la daban la condición de favorito para las Olimpiadas de Berlín. Sabía cuál era su papel en esos juegos, ganar.

En general, en historias como esta, se suelen mezclar ficción y realidad con la intención de aumentar el mito. De Long se ha llegado a escribir que fue llamado ante Hitler para que este le advirtiera que no debía mantener ningún tipo de contacto con su rival estadounidense, Jesse Owens. Resulta difícil creer que el Führer aconsejara uno por uno a todos los deportistas alemanes cómo debían comportarse ante deportistas de “razas inferiores”. En cualquier caso, el saltador alemán sabía que miles de ojos –incluidos los de muchos dirigentes nazis- observaban con esperanza todos sus movimientos.

Un consejo muy valioso

El día 4 de agosto tenía lugar la clasificación para la final de salto de longitud. Fue aquí donde la deportividad y el espíritu olímpico estuvieron muy por encima de lo habitual, más aún si tenemos en cuenta el momento histórico.

Jesse Owens acababa de ganar el oro olímpico en la prueba de cien metros y sus dos primeros saltos en la clasificación fueron nulos. ¿Querían los jueces evitar que el atleta llegara a otra final y ganara otra medalla? ¿Estaba el saltador más centrado en batir algún récord que en clasificarse para la final? Lo único cierto es que si hacía un tercer salto nulo sería descalificado.

Y es aquí donde sucedió lo inexplicable. Lutz Long, que ya había conseguido clasificarse para la final, se acercó a Owens ante el asombro del público y le aconsejó que calculase el salto unos centímetros antes de llegar a la tabla de batida. El alemán llegó a poner su sudadera en el suelo para marcarle al ‘antílope de ébano’ el lugar idóneo para que realizara su salto. Owens le hizo caso y superó los 7,15 metros que daban acceso a la final del día siguiente.

La final, al contrario que la clasificación, fue de Owens desde el comienzo. El estadounidense logró la medalla de oro con un salto de 8,06 metros, poniendo al público en pie, que aplaudió su gesta, aunque de este momento también se haya dicho que todos los presentes enmudecieron. Long, plata, fue el primero en acercarse al vencedor para felicitarle. Los dos atletas se fundieron en un abrazo que desafiaba a la Alemania nazi y que representaba, mejor que nunca, los valores del verdadero espíritu olímpico.

La vida después de la gesta

A partir de aquí, los dos protagonistas de esta historia siguieron sus caminos, no exentos de dificultades.

Owens regresó a Estados Unidos, donde tuvo que luchar contra la discriminación racial. No deja de ser irónico que en la Alemania nazi el atleta pudiera alojarse en los mismos hoteles que el resto de deportistas y que, al volver a su país, no pudiera usar la parte delantera de los autobuses, reservada para los blancos. El héroe de los Juegos Olímpicos de Berlín no fue ni siquiera recibido por el presidente norteamericano, Roosevelt, que se encontraba en plena campaña electoral y no quería molestar a sus votantes de los estados del sur.

Por su parte, Long continuó compitiendo unos años más, llegando a reeditar su bronce en los europeos de atletismo. Una vez que se retiró del deporte ejerció como abogado. Al comenzar la Segunda Guerra Mundial, el alemán fue enviado al frente a combatir, aunque los deportistas de élite no iban a la guerra.

¿Era un castigo por su amistad con Jesse Owens? Si fue así, Long lo pagó muy caro. Herido en la invasión aliada de Sicilia, falleció el 13 de julio de 1943, a la edad de 30 años, en un hospital británico.

Hasta el fallecimiento del saltador alemán, los dos deportistas mantuvieron el contacto a través de correspondencia. Al terminar la guerra, Owens acudió a Alemania a conocer a la familia de Lutz Long, e incluso fue el padrino de boda de su hijo, Karl Long.

Con los años, la figura de Long fue reconocida en el mundo del deporte. Una calle en su Leipzig natal y otra cerca al estadio de Múnich llevan su nombre. Además, se le otorgó a título póstumo la medalla de Pierre de Coubertin, condecoración concedida por el Comité Olímpico Internacional a los deportistas que muestren en algún momento de su carrera el verdadero espíritu olímpico. Sólo nueve deportistas han conseguido esta condecoración, creada en 1964.

Cuando se habla de las Olimpiadas de Berlín siempre se explica que Owens desafió al régimen nazi. Si el estadounidense desafió a Hitler, ¿qué hizo Lutz Long? Él se limitó a practicar un deporte junto a uno de los mejores atletas de la historia.

“Se podrán fundir todas las medallas y copas que gané y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Lutz Long en aquel momento”, llegó a decir el ‘antílope de ébano’ de su amigo alemán.

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