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Una astilla para Obama


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José Luis Avilés

Fanático de las ondas, la casualidad quiso que en la web de una radio descubriese la magia de unir letras. En Cadenaser.com dio rienda suelta a sus dos grandes pasiones: deporte y periodismo. Ahora 'pinta' la portada de lainformacion.com.


Escrito el 23 de septiembre de 2013 a las 10:33 | Clasificado en Deportes

Aunque falleció en 1946, la leyenda de Jack Johnson sigue viva. Si bien en la historia quedaron nombres como los de Muhammad Ali o Martin Luther King, mucho antes ya hubo quien, en el ring como en la vida, demostró que no debían existir diferencias entre blancos y negros.

Cartel de la pelea que enfrentó en 1910 a Jack Johnson y James J. Jeffries (Foto: cliff1066™ | Flickr)
Cartel de la pelea que enfrentó en 1910 a Jack Johnson y James J. Jeffries (Foto: cliff1066™ | Flickr)

Cuando Jack Johnson noqueó al canadiense Tommy Burns en Sydney, Australia aquel 26 de diciembre de 1908, no podía siquiera imaginar cómo acabaría su historia. Si por aquel entonces alguien le hubiese contado que 67 años después de su muerte sus familiares y sus seguidores seguirían batallando para que el primer presidente negro de los Estados Unidos limpiase su nombre le habría tildado de chiflado. O, tal vez, quién sabe si su espíritu fanfarrón, le habría llevado a darlo por seguro.

Nacido al sur del territorio estadounidense, en Galveston (Texas), no se amedrentó jamás ante ninguna adversidad. Cuentan que a los doce años abandonó su casa para ir a Nueva York a tratar de ganarse la vida. Que al volver a su ciudad natal propinó una paliza tal a un hombre que acosaba a su hermana que se ganó el respeto de todo el barrio. Pero también narran que, antes de revelarse contra la sociedad xenófoba en la que tuvo que crecer, hubo de padecer que los blancos pudieran jugar a su antojo con sus conciudadanos negros.

Johnson, como tantos otros jóvenes negros, se vio empujado a participar en peleas en las que, con los ojos vendados, un grupo de chavales competían entre sí y el último en mantenerse en pie se proclamaba campeón. Así fue como el ‘Gigante de Galveston’ acabó por ganarse el respeto y un lugar en el mundo del boxeo, también vetado para púgiles de color. Su supremacía alcanzó tales cotas que los dirigentes de este deporte se lanzaron a la caza de la “gran esperanza blanca”, de aquel boxeador capaz de mandarle a lona.

Las ganas de arrebatar el trono a Jack Johnson empujaron a las máximas autoridades no solo del boxeo, sino de la política estadounidense, a recurrir al legendario James J. Jeffries. Tras más de cinco años retirado de los cuadriláteros y pese a haber engordado más de 20 kilos, el excampeón de los pesos pesados, que en anteriores ocasiones se había negado a luchar contra boxeadores negros, aceptó. La pelea tuvo lugar en Reno, Nevada, el 4 de julio de 1910. En el combate, pactado a la distancia de 45 asaltos (actualmente se pactan a 12 asaltos), el ‘gigante de Galveston’ no concedió opción alguna a su rival. Tal fue la superioridad de Johnson que cuando el KO era inminente, la esquina de Jeffries tiró la toalla y obligó a su púgil a retirarse.

La humillación fue tal que los policías encargados de la seguridad del recinto rápidamente se dirigieron a quienes filmaban el combate para impedirles que continuasen con su labor. No obstante, no pudieron evitar que tras la pelea, miles de ciudadanos negros se echasen a las calles de todo el país para festejar el triunfo de Johnson. La fiesta dio lugar a disturbios raciales en los que 23 ciudadanos negros y dos blancos perdieron la vida. Un hecho que sin duda marcó un antes y un después, ya que altercados de tal magnitud no se producirían hasta la muerte de Martin Luther King.

Un negro en tierra de blancos

El carácter arrogante de Jack Johnson le llevó a granjearse una mala reputación entre los blancos. No tenía reparo alguno en comentar delante de la prensa su pasión por las mujeres blancaz -de hecho se casó con tres- y al volante siempre iba a toda velocidad. Si todo eso lo hubiera hecho un ciudadano blanco no habría pasado nada, pero no era el caso. El espíritu rebelde e inconformista del ‘gigante de Galveston’ le empujaban a retar a todos aquellos que creían que los que, como él, tenían un color de piel diferente eran inferiores.

Tras su victoria ante James J. Jeffries y los posteriores disturbios que tuvieron lugar a lo largo y ancho de todo Estados Unidos, se inició una campaña de acoso contra Jack Johnson. Las autoridades policiales lo arrestaron en múltiples ocasiones y fue acusado de vulnerar la llamada ‘ley Mann’ que prohibía a cualquier hombre llevarse a una mujer a otro estado con propósitos inmorales, y que le impedía viajar con ellas sino estaba casado. Hubo quien le llegó a acusar de haber mantenido relaciones sexuales con menores. Tal fue la presión ejercida que su esposa de aquel entonces acabó por quitarse la vida.

La presión social comenzó a dar sus frutos y durante dos años Johnson no pudo defender el título, ya que en ningún Estado estaban dispuestos a permitir una pelea que pudiera desencadenar algún tipo de conflicto racial. Finalmente, un grupo de empresarios de Las Vegas decidieron aliarse para que pusiera en juego su título sobre el ring. Jack Johnson aceptó la oferta. Recibiría una bolsa de 30.000 dólares y su rival sobre el cuadrilátero sería Jim Flynn, más conocido por el ‘Fogonero’. La velada tendría lugar el 4 de julio de 1912. El Ku Klux Klan amenazó a Johnson y le instó a no ganar a Flynn si no quería meterse en problemas. El ‘Gigante’ no se arrugó y, sin dilaciones, noqueó a su rival.

Jack Johnson, el primer campeón negro de los pesos pesados (Foto: Wikipedia.org)

Entonces llegaron los problemas. La madre de la chica de raza blanca con la que por aquel entonces salía Johnson acusó al boxeador de haberla secuestrado. Para evitar ser acusado de nuevo de haber incumplido la ‘ley Mann’, el campeón de los pesos pesados contrajo matrimonio con ella. Pero la acción no surtió efecto. La acusación consiguió que una antigua exnovia, movida por los celos, declarara contra Johnson, que fue declarado culpable y condenado a un año de cárcel y a una multa de 1.000 dólares.

Su espíritu rebelde le llevó a emprender un periplo por medio mundo con el objetivo de no acabar entre barrotes. En un primer momento cruzó a Europa, donde siguió boxeando y realizando exhibiciones. Allí se midió a Jim Johnson, otro púgil negro, junto a quien protagonizó la primera pelea de la historia del boxeo en la que ambos contendientes eran de color.

Jack Johnson consiguió retener el título en sus manos y, al inicio de la Primera Guerra Mundial, decidió poner rumbo a Latinoamérica. Aterrizó entonces en Argentina, donde recibió en 1915 al promotor Jack Curley que le ofreció regresar a Estados Unidos y acordar con la Justicia que no iría a la cárcel si se dejaba ganar y el título mundial de los pesos pesados pasaba a manos de un boxeador de raza blanca. E

El ‘Gigante’ aceptó, con la esperanza de volver a ver a su anciana madre. Pero todo resultó ser una falsa. Durante el combate, que tuvo lugar en La Habana el 5 de abril de 1915, Johnson se dio cuenta de que Curley no había acordado nada con la Justicia de Estados Unidos, por lo que, pese a perder el título mundial, decidió regresar a Europa.

En esta ocasión, llegó a pasar por España, donde incluso protagonizó una película en la que se representó a sí mismo. De nuevo cruzó el Atlántico y fue a parar a México. Durante su estancia allí decidió poner fin a su periplo por el mundo y entregarse a las autoridades de Estados Unidos para cumplir la condena que le había sido impuesta. Fue así como en 1921 pasó nueve meses en la prisión de Leavenworth.

A su salida siguió boxeando, pero ya no lo hizo entre la élite que, después de que Johnson perdiese el título, impidió hasta 1937 que un púgil negro optase al título mundial.

El perdón de Obama

Empujados por lo que la leyenda de Jack Johnson significó en la lucha por la igualdad racial en Estados Unidos, son muchos los ciudadanos estadounidenses que apoyan el indulto a título póstumo al boxeador negro. Desde el senador John McCain, quien compitió con Obama en las elecciones presidenciales de 2008, hasta sus familiares más allegados, la medida ha alcanzado altas cotas de popularidad y son muchos los que exigen al presidente Barack Obama que tome cartas en el asunto y perdone ahora lo que, a su juicio, representó un castigo injusto.

Y fácil parece tenerlo, ya que, en términos de la concesión de indultos, tiene mucho margen de maniobra. De hecho, hasta la fecha ha sido el presidente menos generoso de la historia moderna: sólo ha emitido 39 indultos, y no a título póstumo. Según los datos recopilados por el Departamento de Justicia, el presidente Clinton concedió 396 indultos a lo largo de sus dos mandatos, pero sólo uno a título póstumo, mientras que George W. Bush indultó a 189 personas durante sus dos y un solo título póstumo.

¿Cómo obrará Obama? ¿Concederá el indulto a la primera persona que abogó por la igualdad de derechos entre blancos y negros? ¿Perdonará a una de las primeras personas que, con sus acciones, propició que él pudiera ocupar la presidencia de los Estados Unidos de América?

Jack Johson falleció en un accidente de tráfico en 1946. No pudo participar en la marcha de Washington por los derechos humanos que tuvo lugar en 1963. Para él no hubo palabras en el 50 aniversario que se celebró este año ante el monumento de Abraham Lincoln.  Sólo hay que atender al discurso del presidente Obama para pensar que existe una deuda con personas como el ‘Gigante de Gavelston’. Aunque, ya se sabe, del dicho al hecho…

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