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El no premio de Marías


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 7 de noviembre de 2012 a las 16:48 | Clasificado en Libros, Ocio

El escritor podría haber protagonizado una conversación con algún miembro del jurado para que no le premiaran con un galardón que no pensaba recoger. Igual, a lo mejor, otro autor estaría ahora agradeciéndolo.

El escritor Javier Marías (fuente: javiermarias.es).
El escritor Javier Marías (fuente: javiermarias.es).

A primera hora de la mañana del 24 de octubre muchos sabían que el escritor Javier Marías estaba entre los finalistas del Premio Nacional de Narrativa que se fallaba al día siguiente. Por eso es fácil suponer que él conocía que estaba entre los aspirantes al galardón.

Quizá por eso, Javier Marías -o su editor, o su agente- podrían haber cogido el teléfono para tener una conversación con uno de esos representantes del jurado que iba a elegir la mejor novela publicada en 2011. Una conversación como esta, que es, por supuesto, inventada:

- Manolo… perdona que te moleste, soy Javier Marías.

- Hombre, Javier, qué te cuentas…

- Pues nada, mira, que es que esto es un poco delicado… a ver… que ya sé que soy finalista del Nacional.

- No te extrañará, Javier. ‘Los enamoramientos’ ha gustado mucho.

- Ya, ya… pero es que, Manolo… aunque me deis el Premio, no lo voy a aceptar.

- Qué me dices, Javier…

- Sí, sí. Mira, le he dado muchas vueltas y no quiero ninguna distinción que otorgue el Estado.

- Pero ¿te lo has pensado bien?

- Sí. Ya hace tiempo que prefiero no tener nada que ver con esas cosas institucionales en las que no creo. Ni acepto premios oficiales, ni invitaciones del Cervantes, ni nada de nada.

- No sé, Javier, me dejas de piedra… tú sabes que me encanta tu novela…

- Y yo te lo agradezco mucho. Pero te pediría que explicases mi postura al resto del jurado. Cuéntaselo, por favor, y que retiren mi candidatura de la ronda de votaciones.

- No sabes cuánto siento lo que me dices. Creo que este año te mereces el Premio.

- Ya, bueno, pero esa no es la cuestión. Perdona que te meta en este lío, pero lo que no quiero es que se monte ningún escándalo. Si lo hacemos así, quedará casi en familia.

- Pues nada, Javier, es tu decisión.

- Muchas gracias, Manolo. A ver si nos vemos un día y hablamos despacio.

- De acuerdo, Javier. Y muchas gracias por plantearlo con tanta sinceridad y ahorrarnos a todos un sofoco.

Si esta charla telefónica -con todas las variantes que ustedes quieran- no fuese producto de la imaginación, muchas de las cosas que pasaron hace unos días no hubiesen sucedido. Las redes sociales no se habrían incendiado hablando del Premio Nacional de Narrativa. Javier Marías no hubiese ocupado la portada de los periódicos ni tanto tiempo en los informativos. Y, lo que es más importante, un autor que no se llama Javier Marías estaría ahora flotando en una nube al haber sido distinguido con el premio que Marías no quiso por razones, eso sí, perfectamente respetables.

Es difícil explicar lo que el Premio Nacional significa para un escritor. No se trata sólo del honor y la gloria, tan necesarios para la frágil autoestima de los creadores. Tampoco del empujón de ventas que recibe una novela cuando el negocio de la edición desciende un 10%. No es la alegría, la inyección de confianza, la campaña de promoción que recibe el autor. Ni siquiera los 20.000 euros en un momento en el que las editoriales han tenido que reducir -a veces hasta la miseria- los montantes de sus anticipos.

El Premio Nacional es un marchamo que pone a salvo la vida profesional de cualquier autor durante una época indeterminada, en la cual todo el mundo añade a su nombre el del galardón, igual que en Hollywood se presenta a los ‘oscarizados’ como “el ganador de un Óscar de la Academia…”. Eso que al parecer no significa nada para Javier Marías hubiese supuesto un balón de oxígeno para el autor que llegó con él a la última ronda de las votaciones. Tan solo con que Marías hubiese deslizado en los oídos de algún miembro del jurado su intención firme de renunciar al premio, un escritor estaría dando la bienvenida a la gran oportunidad de su vida. Tal vez, Javier Marías pensó en esa persona cuando dio el do de pecho y se regaló a sí mismo una estupenda campaña de marketing que ni siquiera necesita. O tal vez no…

Hace años, muchos, cuando Javier Marías era conocido como “el hijo de don Julián”, no tuvo problema en aceptar el Premio Nacional de Traducción, que dio valor añadido a su apellido ilustre, amén de un dinero que quizá entonces le vino como agua de mayo, y la oportunidad, por ejemplo, de pasar una temporada como lector en la Universidad de Oxford.

A lo mejor Javier Marías se llevó ese premio porque alguien generoso decidió que estaba muy por encima de aplausos y de honores y, discretamente, renunció a competir con él. No lo sabremos nunca. Igual que no sabremos quién fue la persona que se quedó muy cerca del mismo premio que no quiso Javier Marías. O que tal vez quiso, pero sólo para darse el gusto de rechazarlo.

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