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El testigo invisible


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 27 de febrero de 2013 a las 8:27 | Clasificado en Ocio

No es que sea fácil recordar a Rasputín viendo la imagen impecable y aristocrática de Corinna Zu Sayn Zu Wittgenstain, pero hay un cierto paralelismo entre el repugnante ruso y la dulce noruega que devino princesa por mor de un matrimonio afortunado.

Rasputín, en el centro, rodeado de seguidoras y seguidores en una imagen de 1914 (fuente: Wikipedia).
Rasputín, en el centro, rodeado de seguidoras y seguidores en una imagen de 1914 (fuente: Wikipedia).

La escritora Carmen Posadas hace su primera incursión en la ficción histórica con una muy solvente novela, “El testigo invisible”, en la que narra los últimos meses en la vida de la familia del Zar Alejandro II. La vida de la corte rusa, las pequeñas y grandes intrigas, los secretos de familia, la cotidianidad del matrimonio imperial y de sus cinco hijos -el zarévich tocado por el mal de la hemofilia, las cuatro bellas grandes duquesas- son vistas a través de los ojos de un pequeño sirviente, uno de los deshollinadores que bucean a diario las enormes chimeneas del palacio. El lector, que sabe el destino atroz que espera al heredero y a sus hermanas, no puede evitar avanzar por las páginas con la inquietud que da el tener presente la imposibilidad de un final feliz.

Pocas épocas hay tan susceptibles de novelarse como el fin del imperio de los zares y el espeluznante asesinato de los Alexandrov tras su secuestro en una dacha. En una muy bien construida escena, Posadas cuenta como las chiquillas y una de sus sirvientas tardaron lo indecible en caer bajo las balas. La explicación conduce al escalofrío: unas y otras llevaban su ropa interior recamada en piedras preciosas que escondían de sus captores y que se convirtió en inesperado escudo que hizo aún más larga su agonía.

Por las páginas de la novela desfila toda una galería de personajes fascinantes, desde la zarina Alix -la inglesa que, a través de su sangre, introduce en la corte rusa el mal de la hemofilia- hasta el apuesto capitán al que aman dos de las hijas del Zar. Es evidente que de todos los caracteres no hay ninguno tan bien conocido como Rasputín, el santón al que Alejandro y Alix abrieron las puertas de la corte, primero con la esperanza de que pudiese mantener a raya la enfermedad del zarévich, luego como consejero e incluso como amigo.

Es imposible determinar a dónde llegó la influencia de aquel hombre extraño de ojos penetrantes y barba espesa, que llevaba siempre manchada de comida y que despedía al pasar un nada sutil olor a suciedad en estado puro. Tampoco resulta fácil entender en qué momento la refinada zarina, hermosa, culta y exquisita, puso su inteligencia y hasta su voluntad a los pies de un hombre grosero que llevaba la camisa llena de lamparones. A su manera, el zar hizo otro tanto. Grigori Efimovich Rasputin llegó a ser el hombre más poderoso de Rusia.

Una burbuja de invulnerabilidad

Hay algo muy atrayente en esos personajes anónimos que, apareciendo de la nada, se hacen un sitio en la periferia de las familias reales y pueden incluso hacer tambalear sus cimientos y los del propio Estado. Es curioso como son capaces de crear a su alrededor un burbuja de invulnerabilidad, una especie de terreno vallado en el que nadie se atreve a aventurarse, pues llega un momento en el que saben tantas cosas que es difícil señalarles la puerta de salida sin temer las consecuencias.

No es que sea fácil recordar a Rasputín viendo la imagen impecable y aristocrática de Corinna Zu Sayn Zu Wittgenstain, pero hay un cierto paralelismo entre el repugnante ruso y la dulce noruega que devino princesa por mor de un matrimonio afortunado. Pero, como Rasputín, Corinna se buscó un lugar que no era suyo y se convirtió en la espoleta de una bomba. Y, de la misma forma que el zar Alejandro II se aconsejaba con el sacerdote de barba sucia, si hacemos caso a Corinna a ella se le encomendaron trabajos de diplomacia delicada y secreta. Corinna nunca debió entrar en el círculo próximo a La Zarzuela de la misma forma que Rasputín jamás tendría que haberse asomado al lecho del zarévitch. Para creer en las dotes mágicas de Grigori Efimovich se necesitan las mismas dosis de superchería que para confiar en las habilidades de Corinna para solucionar crisis de Estado.

La lectura de “El testigo invisible” es un placer, pero sin abordarla ya sabemos que la historia que nos cuenta va a acabar como el rosario de la aurora. Porque hay tramas que no pueden acabar bien. Y esa, guste o no, es otra de las cosas que tienen en común Corinna y Rasputín.

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