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Y la dama entró en el juego


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Yorokobu

Este artículo ha sido publicado en Yorokobu, revista sobre innovación, inspiración, tendencias, emprendedores, creatividad y las cosas positivas que ocurren en el mundo y nadie cuenta.


Escrito el 28 de enero de 2014 a las 18:47 | Clasificado en Historia

José Garzón, ajedrecista e investigador del ajedrez, explica la importancia de la inclusión de la reina entre las figuras, lo que da lugar al nacimiento del ajedrez moderno.

Foto de Alan Light.
Foto de Alan Light.

Valencia, año 1475. En pleno auge de la corona de Aragón, con su príncipe heredero Fernando ya como rey de Castilla al estar casado con Isabel I, tres poetas de la edad de oro de las letras valencianas —Francisco de Castellví y Vic, Bernardo Fenollar y Narciso de Vinyoles—  colaboran en la composición del poema ‘Scachs d’amor’.

Marte y Venus han entrado en disputa. “¿Quién es mejor en las artes amatorias?”, se cuestionan ambas deidades. Mercurio, que ejerce de árbitro en la riña, propone que se jueguen la supremacía en una partida de ajedrez. El dios de la guerra escoge la bandera roja y la de la belleza, la verde. Comienza el lance, y Marte avanza su peón de rey dos casillas. Venus contesta con el de reina, que queda a merced del de Marte y que en diagonal derrota a su verde rival. Entonces, la dama de Venus, sin misericordia, se lanza sobre la pobre ficha comiendo al peón.

Esta es la primera vez en la historia del ajedrez, una de las pocas cosas que ha permanecido inalterada los últimos 500 años, que se describe el movimiento de la dama. Y con este pequeño paso para la reina, pero enorme para el ser humano, el ajedrez adquirió esa faceta de arte que todavía mantiene.

Para entender la importancia del cambio es necesario saber cómo eran las partidas antes de la aparición de la dama, “que se puede mover como todos salvo el caballo”. El ajedrez entra en la órbita europea a través de la inmigración musulmana a la península Ibérica en 711. Tomado de los persas, su tablero ya era de ocho casillas de lado pero, aunque la disposición de las fichas era igual, no lo eran sus movimientos. “La pieza medieval que había en lugar de la reina se llamaba alferza”, explica al otro lado de la línea telefónica José Garzón, un ajedrecista e investigador que ha dedicado 20 años de su vida al origen del ajedrez moderno, “y movía una casilla en diagonal, como un peón fuerte”. Los alfiles podían desplazarse únicamente dos casillas en diagonal, saltando como el caballo. Este, junto a la torre, es la única pieza que ha mantenido sus movimientos intactos.

Foto: Michael Maggs bajo lic. CC

“Las partidas eran muy lentas y de muy de tarde en tarde, y no siempre se daban las combinaciones [jugadas]”, explica el estudioso, que organizó en 2002 un torneo de ajedrez medieval oficial, “la forma más habitual de victoria no era el jaque mate, sino el rey robado [comerse todas las piezas del rival menos el rey]”. Prueba de este aspecto es que casi no se conservan partidas de este tipo de ajedrez, solo colecciones de problemas y que, en el citado torneo, muchos encuentros tuvieron que ser adjudicados por puntos. “Recuerdo uno en particular en el que uno de los jugadores coronó dos peones y los convirtió en alferzas, pero con la mala suerte de que eran del mismo color [al mover en diagonal, esta pieza solo puede afectar a las casillas blancas o negras] y entonces, solos contra el rey rival, no podían dar jaque”, rememora, “y si con promocionar dos peones no ganas, es evidente que, como nos dijeron muchos de los participantes, es un juego entretenido, muy ameno… pero no es ajedrez”.

La aparición de la nueva dama en el ajedrez tuvo increíbles consecuencias. “La primera”, enumera, “es que la partida pasa a un primer plano, con lo que aparecen los primeros grandes jugadores y el primer torneo internacional, celebrado en Madrid bajo el reinado de Felipe II, entre la escuela española y la italiana”. Este encuentro, que enfrentó a los sacerdotes Ruy López de Segura y Alfonso Cerón contra los italianos Paolo Boi y Leonardo da Cutri, es el antecedente directo del torneo mundial, celebrado en India este mes de noviembre.

La reina propicia también que en los primeros lances del juego ocurra algo que jamás antes había sucedido: cuando el rey está en peligro, aparece ya en ‘Scachs d’amor’ una forma primitiva de enroque —una jugada en la que la pieza, cuya captura da la victoria, salta por encima de la torre y queda protegida por los tres peones—. “La partida con la reina es ahora mucho más rica en combinaciones y va a poder estar sujeta a normas y criterios científicos”, reflexiona Garzón, “mientras que el anterior desarrollo era mucho más fantasmagórico”.

Ajedrez como representación de la vida

Desde que en el siglo XIV el monje Jacobo de Cessolis creara la analogía entre el ajedrez y la vida, viendo la partida como una gran batalla entre Cristo y el Diablo y a las piezas como representaciones de los diferentes estamentos —nobleza, clero, caballeros y los oficios populares—, esta metáfora ha sido una de las más populares. El mismo Borges, siguiendo la tradición, dice que “el ajedrez representa la vida, su organización y la resolución de sus conflictos”. En ‘The Defense’, Vladimir Nabokov estructura su novela como una partida de ajedrez; Schopenhauer filosofa que la vida es una partida de ajedrez en la que nuestro plan está condicionado por el juego del rival…

Y si la vida se representa en el juego, ¿no va a reflejarse la realidad en la gran transformación del mismo?

Foto: The Walters Art Museum

Esta es la pregunta que el holandés afincado en España Govert Westerveld se planteó. Durante 15 años, Westerveld investigó en torno a la figura de la reina, llegando a la conclusión de que la única inspiración posible para la gran dama que revolucionó el ajedrez era la propia Isabel I la Católica. Segunda reina por derecho propio de Castilla tras doña Urraca, Isabel fue una mujer muy poderosa en el masculino mundo de finales del siglo XV. Se arrogó la capacidad de impartir justicia, reservada para los hombres, y participó activamente en la Reconquista. Gran aficionada al ajedrez, en 1474, un año antes de la publicación del ‘Sachs d’amor’, logra coronarse reina de Castilla tras vencer en la Guerra de Sucesión Castellana.

“¿Cómo probar la inspiración?”, se pregunta Garzón, que colaboró con Westerveld en su investigación. “Es complicado, pero por coincidencia en el tiempo, su afición al juego y que además de dama es reina, no encuentro candidata mejor que Isabel la Católica”. La idea, expresada en un largo libro de 500 páginas, está siendo aceptada entre los estudiosos actuales. Un detalle importante es que en el poema fundacional del juego, que contiene alusiones a sucesos de la monarquía de la época, se intercambia el nombre de dama y reina según se hable de la pieza o de la alegoría.

Además, Isabel contribuyó de otra manera a la expansión del juego. Los judíos, grandes aficionados al ajedrez, lo propagarán por toda Europa al ser expulsados por las coronas de Aragón y Castilla en 1492. Las normas, transportadas por estos desterrados, casi no han cambiado en los últimos cinco siglos.

“Esencialmente”, asegura Garzón, “el ajedrez del siglo XV es como el actual, tienen las mismas reglas, quitando el enroque, las tablas en 50 jugadas, poder coronar el peón en una ficha que no sea la reina… incluso la salida del peón en dos casillas”. “Si me encontrase con un jugador de otra época”, bromea, “me bastaría con explicarle tres minutos para empezar a jugar”.

En los últimos años, solo ‘l’enfant terrible’ Bobby Fisher ha intentado cambiar algo. Cansado de la supremacía de las máquinas, Fisher propuso el ajedrez aleatorio, un juego que conserva casi todas las reglas pero permuta la disposición de las piezas sobre el tablero. Su meta fue crear una variante en la que el talento y la creatividad fueran más importantes que la capacidad de memorizar aperturas y jugadas predeterminadas.

Con esta innovación solo se ha jugado algún torneo experimental y no ha calado en el grueso de jugadores. Estos siguen prefiriendo el clásico, ese en el que una reina entró en el juego y lo revolucionó.

¡Ah!, la primera partida, esa que se describe en ‘Scachs d’amor’, acabó, cómo no, con un mate de dama.

En busca del Santo Grial del ajedrez

Garzón, en colaboración con otros ajedrecistas y varias instituciones valencianas, ha puesto en marcha el Premio Von der Lasa. Bautizado con el nombre del gran investigador alemán del ajedrez del siglo XIX, este galardón busca motivar con 18.000 euros a los cazatesoros para que encuentren el primer tratado de ajedrez moderno del mundo, impreso en 1495 en Valencia. Escrito en valenciano por Francesh Vicent bajo el título Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100, el último ejemplar conocido se perdió durante el asalto de las tropas napoleónicas a la abadía de Montserrat en 1811, aunque hay abundantes referencias a este libro en tratados del siglo XVI y hasta un manuscrito con sus 100 problemas copiados en valenciano e italiano. Pero investigaciones posteriores de Garzón apuntan a que una última copia se vendió en 1911 al coleccionista estadounidense John Griswold White por el librero Salvador Babra. Desde entonces este Santo Grial, del que se ha hablado durante 200 años, anda perdido. La hipótesis principal es que está mal catalogado en alguna biblioteca de EE UU.

Fuente: Y la dama entró en el juego

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