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La pesca del salmón en Yemen


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 16 de enero de 2013 a las 13:35 | Clasificado en Ocio

Que un deportista de élite con formación exprés en técnicas de gestión empresarial se meta a ingeniero de caminos ya no sorprende a nadie. Tampoco, pues, que un millonario quiera hacer posible la pesca de salmones en Yemen.

Urdangarín, en un desfile de las Fuerzas Armadas (Fuente: Flickr @Fotomaf)
Urdangarín, en un desfile de las Fuerzas Armadas (Fuente: Flickr @Fotomaf)

Hace años, la editorial Salamandra publicó en España con cierto éxito ‘La pesca del salmón en Yemen’, del británico Paul Torday. El libro, del que luego se hizo una más que notable adaptación al cine, cuenta como la vida más bien sosa del doctor Alfred Jones, que trabaja en el Centro Nacional para el Fomento de la Piscicultura, sufre un cambio radical cuando un jeque millonario le embarca en un proyecto para posibilitar la pesca del salmón en Yemen.

Para ello habrá que construir en una zona semidesértica un río gigantesco que facilite el remonte de los ejemplares y el posterior desove para la cría. La historia, contada desde la ironía y el fino humor inglés, es una deliciosa epopeya sobre los límites de lo posible y la lucha por alcanzar el éxito cuando se trabaja en el epicentro de una utopía.

Las últimas revelaciones del Caso Noos hacen pensar que, posiblemente, Iñaki Urdangarín leyó el texto de Paul Torday, pues en su momento presentó un plan -que más que ambicioso podría calificarse de descabellado- para comunicar el Mar Rojo con el Mar Muerto. Que un deportista de élite con formación exprés en técnicas de gestión empresarial se meta a ingeniero de caminos ya no sorprende a nadie. Que alguien con dos dedos de frente crea de verdad que es posible comunicar dos mares ya parece rozar el esperpento.

Aunque, después de todo ¿por qué no? Si el doctor Jones y su simpático mecenas yemení son capaces de crear un criadero de salmones en medio de las impracticables montañas del medio Oriente, ¿por qué una todopoderosa fundación sin ánimo de lucro (ejem) no iba a poder unir un mar de salinidad insoportable con otro donde saltan los peces de colores y hay arrecifes de coral y bosques de anémonas?

Los planes incalificables de Urdangarín sólo se entienden en un contexto donde todo era posible: que alcaldes y presidentes de CCAA pusiesen la alfombra roja para dar la bienvenida al timo, o que un jugador de balonmano sin oficio ni beneficio se comprase un palacete en Pedralbes.

El proyecto del duque era una nueva tomadura de pelo, como los informes de cinco páginas y una grapa o los congresos megalómanos que quería montar en los sitios más inverosímiles. A diferencia del sueño que tan bien se cumple en la novela de Torday, la chorrada del trasvase entre mares no era sino otra gota que añadir al océano sin pies ni cabeza del conglomerado organizado por el duque y su amigo Torres, que tuvo tanto ojo Urdangarín al elegir socio como la infanta Cristina para escoger marido.

Al leer ‘La pesca del salmón en Yemen’, el lector experimenta cierta prisa por llegar al final, en una más que comprensible necesidad de saber si la aventura puede tener un final feliz. También en el caso de Noos todo el mundo está deseando el ‘The end’ del culebrón. Aunque el remate de esta aventura se prevea bastante más decepcionante y previsible que la imagen de esos salmones supervivientes que remontan un río para dejar constancia de que nada es completamente imposible. Pero esas son cosas que suceden en los libros, donde siempre hay lugar para la sorpresa.

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