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Alguien a quien detestar


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 21 de noviembre de 2012 a las 8:10 | Clasificado en Libros

En tiempos de crisis resulta cómodo tener a alguien a quien detestar. En Grecia, por ejemplo, Amanecer Dorado reparte alimentos entre las personas más necesitadas, menos a los no griegos.

‘Buda en el ático’, de Julie Otsuka (fuente: Duomo Ediciones).
‘Buda en el ático’, de Julie Otsuka (fuente: Duomo Ediciones).

Hace unos días, la novela ‘Buda en el ático’, de Julie Otsuka, obtenía un nuevo premio que añadir a su larga lista de galardones. El libro, publicado en España por Duomo en su colección Nefelibata ha pasado casi de puntillas por la mesa de novedades, pero es una conmovedora evocación del drama de las mujeres que, hace casi 100 años, llegaron a San Francisco desde Japón para encontrar a un grupo de hombres con los que huir de la soltería y de la pobreza.

La integración de estas mujeres en la sociedad estadounidense es bastante satisfactoria: encuentran trabajo, abren negocios, tienen hijos que van a la escuela y hablan en inglés con un acento perfecto, crean nuevos lazos con un país que empiezan a considerar suyo, olvidan incluso el pasado y la nación de la que vienen y están seguras de haber echado raíces en la tierra que las ha acogido. Una tierra que ha pasado a convertirse en su presente y también en su futuro. Hasta que el ataque a Pearl Harbour convierte a los japoneses en el enemigo colectivo.

De pronto, los vecinos nipones ya no son trabajadores, correctos, bien educados, pacíficos, sino sospechosos de todo. Y un día se convierten en los malos de la película, y alguien decide que es mejor que se marchen. Hay que separarlos del resto de la gente. Exiliarlos oficialmente, reunirlos para mantenerlos a raya. Y se inicia un éxodo lamentable y misterioso que es la antesala del abuso, la destrucción y el pillaje:

“Rasgaron las cortinas. Rompieron los cristales. Tiraron nuestra vajilla nupcial al suelo. Sabíamos que en cuestión de poco tiempo se borraría todo rastro de nuestra presencia”

En tiempos de crisis resulta cómodo tener a alguien a quien detestar. Para algunos es incluso necesario encontrar a un enemigo común, a un malo universal al que convertir en culpable. Es lógico recordarlo cuando se presencia el ominoso reparto de comida que hace en Grecia Amanecer Dorado -un grupo que se sienta en el Parlamento de Atenas con el respaldo de 21 diputados y el 7% de los votos- y del que quedan automáticamente excluidos los no griegos. Para ellos, un partido legal, presuntamente democrático, incluso la necesidad extrema tiene que justificarse mediante un sello del pasaporte.

La obligación de avalar el hambre puede ser una de las más burdas formas de sevicia. Y hay algunos que no cuentan porque, como aquellos japoneses de los que habla Otsuka, su rastro debe ser borrado. El propio presidente de los Estados Unidos dio el visto bueno al traslado forzoso de miles de japoneses, y una parte del pueblo griego da su aprobación al reparto selectivo de bolsas de comida. Setenta años después, con un mar y un océano de por medio, vuelve a escribirse con tinta negra un capítulo de la historia. De una historia que dejamos que se repita, a pesar de que ya la conocemos.

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