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Diderot y la piratería


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 24 de abril de 2013 a las 9:14 | Clasificado en Libros

Con la venta de libros en constante retroceso, y con la piratería alcanzando cifras millonarias, la ‘Carta sobre el comercio de libros’ de Diderot tiene plena vigencia.

Retrato de Denis Diderot, por Louis-Michel van Loo. (Wikipedia)
Retrato de Denis Diderot, por Louis-Michel van Loo. (Wikipedia)

Al día siguiente de celebrar el Día del Libro, cuando aún están en el aire las mejores intenciones listas para luchar contra predicciones apocalípticas que vaticinan el fin de la literatura aplastada por el tsunami de la red -como si se pudiese acabar con la forma de ver el mundo a base de estrategias 2.0- , viene al caso recordar un pequeño volumen recientemente publicado por Seix Barral y del que nos separan, como quien no quiere la cosa, más de dos siglos.

En 1763, los libreros parisinos encargaron al enciclopedista Denis Diderot un texto que pudieran presentar ante las autoridades para defender su gremio. Así nació ‘Carta sobre el comercio de los libros’, que ahora se recupera con prólogo de Sergio Vila Sanjuán y estudio preliminar de Roger Chartier. Al leerlo llama la atención su condición de texto escrito por encargo -no debe extrañarnos: muchas grandes obras de la literatura universal se redactaron bajo demanda- y el hecho de que hace 250 años ya tuviese el libro que reivindicarse como negocio.

No es mentira que el sector editorial esté en crisis. También es cierto que no existe en España ningún sector que no lo esté, salvo, quizá, el turismo y algún emporio de la moda. El mundo de la edición se encuentra en este momento en una difícil encrucijada, asediado tanto por la caída en picado de las ventas -si se venden menos barras de pan es imposible que no vendan también menos libros- como por el fenómeno indeseable de la piratería, contra el que muchos se han cruzado de brazos a pesar de recibir alertas preocupantes: la última, la semana pasada, cuando el gremio de editores anunció que el año pasado se descargaron en España ilegalmente 27 millones de libros.

Gobernantes impasibles

La cifra marea. Y, sin embargo, este gobierno, igual que el anterior, sigue sin decidirse a coger el toro por los cuernos y tomar cartas en una partida que está perdiendo el principal sector cultural del país. Un sector que genera -o generaba- puestos de trabajo. Un sector que proporcionaba músculo intelectual y permitía mantenerse a un montón de empresas que prestan servicios colaterales a la maquinaria editorial, desde la distribución hasta el diseño, desde la venta directa hasta la gestión de campañas promocionales. Y, sin embargo, el ministerio de Wert se dedica a dar vueltas al ritmo de sabe Dios qué cancioncilla insoportable en su propio bucle melancólico y, de vez en cuando, lanza globos sonda presuntamente destinados a distraer al personal.

Pero la ley antipiratería sigue siendo una entelequia, casi tanto como la tan cacareada ley de mecenazgo. Mientras, cierran librerías, quiebran editoriales y los escritores ven tan mermados sus ingresos que algunos ni siquiera quieren mirar dos veces el magro cheque de sus anticipos. Eso sí, celebramos el Día del Libro, y lo seguiremos haciendo mientras podamos, conscientes de que a lo mejor más pronto que tarde no nos queda nada que celebrar.

Consuela, eso sí, saber que ya Diderot reclamaba desde el Siglo de las Luces la necesidad de entender el libro como un negocio. Por eso escribió: “(…) Piense, digo, que resulta más enojoso caer en la pobreza que nacer en la miseria; que la condición de un pueblo embrutecido es peor que la de un pueblo bruto; que una rama de comercio extraviada es una rama de comercio perdida y que en diez años se causan más daños que los que se pueden reparar en un siglo. Piense que cuantos más constantes sean los efectos de un mal control, más esencial será actuar con seriedad… “. Dejémoslo aquí, pero quizá no estaría de más comprar un ejemplar de “Carta sobre el comercio de libros” y enviárselo (con todo cariño, por supuesto) a José María Lassalle.

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