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‘El cebo’ somos nosotros


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 18 de julio de 2013 a las 12:13 | Clasificado en Cine, Libros

En el libro en el que se basó la película hay una metáfora de nuestra política: un hombre disfrazado amistosamente que regala chocolates para atraer a sus votantes.

Edición del libro 'La promesa'
Edición del libro 'La promesa'

Es posible que muchos los que han visto ‘El cebo’, la magistral película que Ladislao Vajda estrenó en 1958, ignoren que está basada en la obra literaria de un autor singular: ‘La promesa’, de Friedrich Dürrenmat. Considerado uno de los dramaturgos esenciales de la segunda mitad del siglo XX –su obra ‘El regreso de la vieja dama’ es ya un verdadero clásico -, Dürrenmatt fue un artista polifacético que destacó también como artista plástico, guionista de radio, ensayista y crítico teatral.

Es una grata sorpresa que la editorial Navona recupere, en traducción de Xandru Fernández, esta excelente pieza de narrativa de género en una edición cuidada y sencilla a un precio más que asequible: 12,50€.

Como tantas novelas policíacas, ‘La promesa’ empieza con el hallazgo de un cadáver. Se trata del cuerpo mutilado de una niña que un buhonero encuentra en medio del bosque. La investigación apunta desde el principio al responsable del hallazgo –un tipo sin raíces cuya vida itinerante le coloca fuera del sistema-, y sólo uno de los policías cree valiosa la información de una amiga de la pequeña asesinada: la niña había conocido a un gigante que le regalaba erizos. El resto del equipo de investigación considera ridículo este dato: un hombre fantástico que regale pequeños animales con púas parece algo nacido de la imaginación de una niña.

El suicidio del principal sospechoso, supuestamente atormentado por la culpa, hace que el caso se cierre. Pero el instinto del agente Mattai le dice que hay demasiadas cosas que no cuadran, y decide seguir investigando por su cuenta en una lucha que se va volviendo enloquecida y que llega a rozar los límites de la ética. Es el único que cree que el gigante malvado existe, y que ha utilizado alguna argucia –¿un animalito simpático y lleno de púas?- para atraer la confianza de la niña y acabar con ella.

En momentos como los que vivimos, a nadie puede extrañar que los ciudadanos empecemos a comparar a los poderes públicos como gigantes que atraen con animales de juguete a sus posibles votantes. Una vez que hemos escuchado su canto de sirenas en forma de promesas de regeneración, dejamos de ser personas para convertirnos en alguien al que se puede aniquilar, al menos metafóricamente. El agente Mattai empezará a ver la luz cuando se dé cuenta de que lo que la niña llamaba erizos eran en realidad trufas de chocolate. Y que el gigante no es fruto de la imaginación infantil, sino un hombre enorme disfrazado de figura amistosa y protectora que se cuela en la vida de la cría como los políticos –todos– se cuelan en la nuestra con expectativas ilusionantes.

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