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El gran retorno


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 19 de junio de 2013 a las 8:21 | Clasificado en Libros

La primera novela de Daniel Sánchez Pardos narra la investigación del asesinato de niñas que tiempo atrás ya habían muerto. Aznar no ha necesitado la ayuda de nadie: ha aprovechado su ‘resurrección’ para ‘inmolarse’.

José María Aznar en Vigo, en 2009. (Flickr: Elentir)
José María Aznar en Vigo, en 2009. (Flickr: Elentir)

En plena vorágine de la feria del libro de Madrid -cuyas cifras de ventas han sido en esta edición tan optimistas como inexplicables- aparecía un libro que, como pasa a veces, podría quedarse aplastado en el alud de novedades, reediciones, recomendaciones y bestsellers que trae consigo la cita ineludible en El Retiro. Se trata en esta ocasión de “El gran retorno”, del debutante Daniel Sánchez Pardos, publicado por la editorial Planeta.

La trama de “El gran retorno” se sitúa en el Londres de 1894. El enigmático Eddie Knox, un hombre de 35 años, culto y bien educado, acaba de regresar a Inglaterra después de una larga temporada de destierro en Ceilán. Allí le espera su hermana gemela, Violet, una actriz que triunfa en el teatro con un espectáculo de escapismo, y su gran amigo Osmond Starret, escenógrafo de profesión y detective vocacional.

Pero la historia cuenta algo más que el regreso de Eddie a la “City” en un invierno gélido y nevado. Porque el señor Knox se dará de bruces con un misterio, el de los asesinatos de una serie de niñas unidas por un pasado común: la de haber sido rescatados de la muerte definitiva por un oscuro grupo a los que se conoce como Resucitadores.

En la novela están los ecos de Conan Doyle, a quien un personaje culpa de muchos de los problemas de Scotland Yard, un gran retrato de la época victoriana y del Londres finisecular y más de una reflexión sobre los límites entre la muerte y la vida, en un momento en que la ciencia empieza a plantar cara a los dogmas de fe. Estamos ante una novela de trama vibrante y muy bien construida, con un arranque potentísimo: el hallazgo del cadáver desmembrado de una niña que, según todos los que la conocieron, ya había fallecido una vez.

La posibilidad de morir dos veces sólo acontece en el territorio sin reglas de la ficción, pero la poesía sí nos permite hablar de muertes dobles -metafóricamente, desde luego- en el caso de algunas personas que no se resignan a dejar en silencio el mundo al que pertenecieron.

En los últimos días hemos asistido, no sin cierta sorpresa, a la segunda muerte de José María Aznar. Se marchó hace años, tantos que ya casi hay que pararse a contar con los dedos para precisar cuantos, y un buen día, ‘prime time’ televisivo de por medio, amagó con volver del territorio del Hades político. Nunca sabremos qué esperaba el señor Aznar que ocurriese, pero, tal vez, aguardaba que desde la sede de Génova se desatase un tsunami de adhesiones públicas para animar su regreso al circo de tres pistas en que se ha convertido la política española.

Pero nada sucedió. Apenas unos cuantos militantes de base celebraron la ocurrencia, y medios y altos cargos tomaron su anuncio como una bravata sin fundamento. Pero quien puso la puntilla de la segunda muerte fue el mismísimo Mariano Rajoy, quien en una estrategia tan refinada que no parece obra de sus asesores habituales, ignoró palmariamente a su predecesor monclovita, se negó a entrar al trapo y luego, después de dejarle intuir el abismo de la soledad más absoluta, le mandó a la vicepresidente a escuchar una conferencia.

El tono del discurso, la marcha atrás, la retirada con corneta y tambor, dejó claro quien había ganado esta partida y quien tenía que abandonar la lucha tras una derrota clamorosa, como aquel que arroja el guante para provocar el duelo y se marcha a casa, esta vez para siempre, con una cicatriz más vergonzosa que mortal.

La niña que nos introduce en la historia de “El gran retorno” podría entenderse como una buena alegoría de esta historia. Si el personaje de Sánchez Prados había muerto la primera vez de algo tan vulgar y fácilmente explicable como la escarlatina, vuelve al inframundo tras ser asesinada y descuartizada. Si Aznar había dejado nuestras vidas en la apetecible forma de expresidente, uno se pregunta si era de verdad necesario que repitiese el mutis tras inmolarse voluntariamente en una entrevista televisiva sin consecuencias más allá del titular y el fugaz escándalo de las portadas.

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