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Esclavitud moderna


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GuinGuinBali

Este artículo ha sido escrito en GuinGuinBali, un portal de comunicación especializado en África Occidental y la Macaronesia con corresponsales en varios países de la región y en otros puntos de Europa relevantes para la actualidad africana.


Escrito el 25 de abril de 2013 a las 17:53 | Clasificado en Libros

Barracones, malos tratos, trabajo de sol a sol, manos ajadas, rebrote de enfermedades ya erradicadas; ‘El púlpito de la miseria’ habla de la realidad de los cortadores de caña de las plantaciones de azúcar de San José de Los Llanos, en República Dominicana.

Pantallazo del booktrailer de "En el púlpito de la miseria". (YouTube)
Pantallazo del booktrailer de "En el púlpito de la miseria". (YouTube)

En el negocio azucarero en República Dominicana confluyen muchos actores, todos interesados en que las cosas continúen como hace siglos: mano de obra semiesclava para aumentar los beneficios; monopolio de la plantación y exportación del azúcar para mantener firme al Estado; control de los medios de comunicación y silencio cómplice de la jerarquía de la Iglesia Católica.

Un complicado entramado del que nadie habla y en el que es prácticamente imposible meter mano. Un entramado que quiere mantenerse igual que en los comienzos de la esclavitud, cuando miles de africanos fueron llevados al continente americano para formar parte de aquella pesadilla.

Uno de los pocos que se atrevieron a hacerlo, a meterle mano, fue expulsado del país 10 años después de su llegada a Los Llanos. Se trataba del sacerdote anglo-español Christopher Harley Satorious, que en una década revolucionó las vidas de miles de cortadores de caña y puso entre la espada y la pared a una de las familias más poderosas del país.

Su historia la cuenta Joana Socías en ‘El púlpito de la miseria’, una crónica sobre la esclavitud moderna que se adentra en las vidas de los cortadores de caña y los entresijos de los grandes entramados empresariales que rigen este negocio.

“Trabajo de haitiano”

Así se denomina en República Dominicana a cualquier empleo relacionado con la caña de azúcar. Un trabajo extremadamente duro que en Los Llanos no han querido mecanizar porque la mano de obra resulta más barata y eficiente que la maquinaria.

Un trabajo perfecto para los haitianos que desde hace generaciones malviven en la República Dominicana. Una suerte de esclavos modernos dispuestos a todo porque, aunque saben que nunca serán dominicanos, tampoco son ya haitianos y no tienen dónde volver.

Su único lugar en el mundo es el batey. Un estado dentro del Estado, en el que a nadie importa lo que pasa y en el que durante siglos nunca ha cambiado nunca. “El batey es el infierno, pero ahí al menos se sienten seguros. Es el único sitio donde Migración no los irá a buscar porque entiende que es el único lugar que merecen”, escribe la autora.

Dentro del batey funciona un sistema quasi feudal que las grandes familias han sabido diseñar a la perfección: los cortadores no cobran en dinero, sino en vales que sólo pueden cambiar en el colmado de la propia empresa; el sistema de escolaridad no llega ni a los cuatro cursos, no existe un censo oficial y, por supuesto, no tienen derecho a médico ni servicios básicos.

Esta es la situación con la que se encontró el padre Christopher, que llegó a República Dominicana en 1997 sin demasiadas pretensiones, con el objetivo de hacerse cargo de la parroquia y ayudar a sus fieles. Hasta que fue adentrándose en el batey, conociendo a niños desnutridos, a mujeres que perdieron la piel, a hombres que seguían trabajando a los 90 años.

Hasta que empezó a enterarse de cómo funciona el sistema de importación de trabajadores desde Haití, donde las personas son compradas como animales; hasta que supo que todo el entramado dependía de una gran familia, y hasta que comenzó a trabajar con la abogada Noemí Méndez, una mujer que le dio las claves para moverse en ese mundo en el que todo está controlado.

La historia que cuenta Joana Socías es la de cómo estos haitianos aprendieron a perder el miedo, impulsados por el padre Christopher, que también tuvo que enfrentarse a su propio terror para denunciar la situación. Una denuncia que le hizo enfrentarse a todos: a la familia Vinci, todopoderosa propietaria de las plantaciones; al Estado, que se lucra del negocio y necesita mantener las buenas relaciones con las 20 familias que controlan el poder económico en el país-; a la propia jerarquía eclesiástica en el país, que prefirió acatar la orden de expulsión del padre Christopher a enfrentarse al Gobierno; a los medios de comunicación –salvo contadas y valientes excepciones, como el periodista Esteban Rosario- y, sobre todo, a la ira de los propios dominicanos, que convirtieron la situación en una cuestión de orgullo nacional y cargaron las tintas contra el párroco, acusándolo de privilegiar a los haitianos frente a ellos (los dos países comparten la Isla de la Española).

Este libro es mucho más que una biografía de los años que el padre Christopher pasó en República en Dominicana. Es una visión amplia y profunda de un sistema que beneficia a muchos, no sólo en el pequeño país caribeño.

En sus últimas páginas, el libro aborda la dimensión internacional del problema a través del proceso de denuncia pública iniciado en Estados Unidos contra la industria azucarera dominicana; los problemas del padre Christoper con Buonsucro –teóricamente destinada a certificar que el azúcar ha sido producido de forma responsable– y la lucha legal llevada a cabo ante los tribunales del país.

Una lucha que el sacerdote sigue manteniendo viva hoy desde su nueva misión, en una remota aldea de Etiopía desde la que sigue luchando contra la esclavitud semi-institucionalizada que vivió en su anterior destino.

 Fuente: Esclavitud moderna

Autora: Aurora M. Alcojor

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