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La broma


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 3 de enero de 2013 a las 17:53 | Clasificado en Libros

El Ludvik de Kundera tiene algo que ver con el Carromero que estuvo en Cuba y cumple condena en España. La inocencia y no prever ni lo imprevisible.

carromero

El pasado 2012, Tusquets reeditó en edición de bolsillo una de las más brillantes novelas del siglo XX: ‘La broma’, de Milan Kundera, que se publicó por primera vez en 1967. Entonces, Kundera tenía 38 años y vivía en Praga, donde era profesor del instituto de cinematografía y se le consideraba un peso pesado en la vida cultural de lo que entonces era Checoslovaquia.

El éxito de ‘La broma’ superó las previsiones de su autor: se vendieron más de cien mil ejemplares en un mes, y el libro fue bautizado como “biblia de la contrarrevolución”. Kundera, que ya había sido expulsado del partido comunista en 1949, se convirtió en el gran enemigo público del régimen. Unos meses más tarde, tras la invasión rusa de 1968, fue despedido de su trabajo, sus obras retiradas de bibliotecas y librerías y su nombre expurgado de los tratados de literatura. Evidentemente, tuvo que salir del país y exiliarse en Francia.

‘La broma’ -que, a pesar de sus connotaciones políticas, Kundera definió siempre como “una historia de amor”- se inicia contando el descenso a los infiernos de un joven miembro del partido comunista -el inteligente y prometedor Ludvik- tras gastar una broma estúpida a una compañera. Ludvik escribe a su amiga Marketa una postal provocadora mofándose del espíritu de un campamento de verano organizado por el partido. Es evidente que Ludvik no espera que el contenido de la postal trascienda en absoluto, pero es lo que ocurre, y para él se desencadena el desastre: pierde todos sus cargos en el partido, y tras ser un universitario con un futuro color de rosa, se convierte en un paria.

Lo curioso es que, a pesar de la feroz injusticia que late en lo que sucede a Ludvik, el lector no puede dejar de pensar que todo lo que le pasa es culpa suya, por atreverse a jugar con las palabras en un lugar y en un momento donde un desliz juvenil puede dar al traste con todo lo construido. ‘La broma’ es una historia que lleva a reflexionar sobre las incalculables consecuencias de actos aparentemente sin importancia, y cómo en según qué escenarios la única forma de sobrevivir es previendo hasta lo imprevisible.

La muerte civil

Es imposible no recordar esta obra al leer sobre el caso Carromero: un joven miembro de un partido que juega de forma inocente con las incontables aristas de una dictadura. Ludvik escribió una postal más bien burda; el español se puso al volante de un coche sin tener toda su documentación en regla. Es cierto que la imprudencia de Carromero tuvo consecuencias funestas, pero ésa no es la cuestión, sino cómo uno y otro ignoraron que la organización kafkiana de un país no democrático se pone en marcha en cuanto se trasgreden las reglas, y se convierte en una máquina monstruosa que, como primera providencia, hace saltar por los aires el sentido común.

En la postal que envió a una amiga, Ludvik pretendió demostrar su brillantez jugando con las palabras. En Cuba, Carromero quiso vivir una pequeña aventura sirviendo de chófer a un miembro de la resistencia. Uno y otro se saltaron las reglas, y dieron así la posibilidad a un sistema que no es el nuestro para ponerse a funcionar en su contra. Y de la misma forma que el lector no deja de preguntarse en qué momento se le ocurrió a Ludvik gastar una broma, piensa ahora en qué demonios estaba pensando Carromero cuando se metió en una carretera impracticable y en un coche que no debía conducir.

En España, tras un accidente de características similares al suyo, Ángel Carromero hubiese quedado en libertad a la espera de juicio. Luego, un buen abogado podría saldar el caso con una simple multa aduciendo que la culpa del siniestro la tuvo el mal estado de las carreteras cubanas. En el peor de los escenarios, un defensor muy torpe habría conseguido una condena por homicidio involuntario, siempre inferior a dos años, que al carecer el interesado de antecedentes no haría necesario su ingreso en prisión. Pero Cuba no es España, y Ángel Carromero debería saberlo.

Pero, a pesar de la imprudencia y la torpeza de ambos, Ludvik no merece el desastre en que se convierte su vida, de la misma forma que Ángel Carromero no merece pasar siete años pudriéndose en una cárcel cubana. La inmadurez no es un delito que deba castigarse ni con la muerte civil ni con la pena de prisión.

Los votantes dicen...
  1. […] sucedido de «broma» o chiquillada en el lugar inadecuado en el momento inoportuno como alguien ha escrito por ahí. Puede que de haber sucedido en España, Carromero no fuera condenado a una pena de cárcel pero […]

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