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Lo mejor de la vida


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 10 de abril de 2013 a las 9:06 | Clasificado en Libros

La última novela de Use Lahoz recoge la historia de unos jóvenes cerca de la treintena, etapa que recuerda a cuando Feijóo se fotografiaba con el narco Marcial Dorado.

Alberto Núñez Feijóo en la Junta Directiva Nacional. (Flickr: PP de Galicia)
Alberto Núñez Feijóo en la Junta Directiva Nacional. (Flickr: PP de Galicia)

Este año, el Premio Primavera ha apostado por un novelista joven pero consolidado, que hace cuatro años rindió a la crítica y a los lectores con su primera novela “Los Baldrich”. Use Lahoz publicó después otro libro igualmente exitoso, “La estación perdida”, y ahora, en palabras suyas, cambia de registro con “El año en que me enamoré de todas”, una historia de jóvenes en tránsito a la edad adulta que se aferran a lo mejor de la vida antes de rebasar la frontera peligrosa de la treintena.

Hay algo conmovedor en las andanzas de este puñado de personajes -Heike, Iria, Jacobo, Néstor, y al frente de todos el protagonista, Sylvain Saury– y eso provoca en el lector una sutil melancolía: es difícil no añorar la época del ingreso en la vida, la búsqueda de un piso de alquiler, la exploración de personas y lugares, la tableta de chocolate para matar el hambre y la sensación de que queda tiempo para cualquier cosa, incluso para enmendar los errores que se están cometiendo. Nadie dice a los jóvenes, tampoco a los protagonistas de la novela, que lo que uno hace o dice a los treinta años puede quedar grabado para siempre en algún rincón del mapa vital que nos acompañará como una rémora el resto de nuestros días.

No es descabellado recordar “El año que me enamoré de todas” al ver, otra vez, las fotos que un juvenil Alberto Núñez Feijóo se dejó hacer con uno de esos personajes que las madres definen como “malas compañías”. Hace mucho tiempo, sí, de aquel retrato tomado a bordo de un barco, en alguna ría gallega donde el mar huele como en ningún lugar del mundo. En ella se ve al presidente de la Xunta más joven, con mejor cara, el torso al aire y la inconsciencia absoluta, y la sonrisa compartida con un indeseable seguramente simpático del que cualquiera escapa a partir de los cuarenta años, pero que a los treinta y pocos hasta hace gracia. Dorado era el hombre oscuro, el malote, el misterioso que seguramente atraía como un imán al chico discreto y aplicado, funcionario de carrera, listo y moderadamente ambicioso, con un futuro prometedor por delante.

Cuando se tomó ese retrato, seguramente Feijóo pensaba en su porvenir muy de tarde en tarde, y desde luego no tanto como para renegar de los amiguetes divertidos, mucho mejores para pasar el rato que los directores generales, tristes, grises y cargados de obligaciones, de hipotecas y de hijos. Cuando colegueaba con Marcial Dorado, que ya prometía escribir su propia historia negra en el gotha gallego del tráfico de droga, Alberto Núñez Feijóo no era un político, sino un técnico de la administración. Lo más probable es que su destino se le presentase como una nube más bien brillante pero difusa: la de aquellos que saben que lo mejor está por venir, pero no tienen ni puñetera idea de lo que les espera, ni de cómo van a alcanzarlo.

Si aquel verano de hace casi veinte años Feijóo hubiese imaginado que iba a hablarse de él como posible inquilino de la Moncloa, no se hubiese subido en la lancha del supuesto narco ni aun corriendo peligro de ahogarse en plena ría de Arosa. Pero, como los personajes de Lahoz, de aquella el señor presidente era Alberto, y tenía un bañador por media pierna, un pegote de crema sin extender en la espalda y la inconsciencia propia del que cree que va a tener treinta años eternamente. “Que la vida iba en serio -escribió el gran Gil de Biedma– uno lo empieza a comprender más tarde”. El presidente de la Xunta acaba de aprender que cuando se tienen grandes aspiraciones el pasado vuelve siempre. Y los que aceptan responsabilidades públicas no pueden, por mucho que quieran, intentar ignorarlo… o pretender que los demás lo ignoren.

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