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Los malos del cuento


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 13 de marzo de 2013 a las 9:37 | Clasificado en Libros

Espido Freire, en su último ensayo, analiza a los personajes antitéticos de los cuentos. Drácula podría tener su reflejo en Ismael Álvarez, ex alcalde de Ponferrada.

Una imagen de 'Drácula', película de 1958. (Wikimedia)
Una imagen de 'Drácula', película de 1958. (Wikimedia)

Después de su última incursión en la ficción de la mano de una novela histórica,’La flor del norte’, Espido Freire vuelve al terreno del ensayo que ha cultivado con acierto a través de títulos exitosos como ‘Primer amor’, ‘Cuando comer es un infierno’ o ‘Mileuristas’. En esta ocasión, el tema parece venir al pelo para los tiempos que corren, pues la autora se asoma al abismo de las personas tóxicas con ‘Los malos del cuento’ (Ariel).

A lo largo de más de doscientas páginas, Espido Freire disecciona los distintos arquetipos del malvado a través de referentes literarios que van desde la Reina de las Nieves a la bruja de la casita de chocolate, de Drácula a Piel de Asno, del ogro de Pulgarcito al personaje de Barba Azul.

El primer capítulo está dedicado a los vampiros: “El vampiro o la vampiresa  –escribe Freire–  puede adoptar cualquier aspecto, cualquier edad, cualquier clase social. Se alimentan de la energía ajena (…). Ese es su trabajo: la supervivencia a costa de otros. No en vano eligen como víctimas a personas brillantes y enérgicas, de las que puedan nutrirse”. Al leer estas líneas es bien fácil recordar el tristemente célebre ‘caso Nevenka': Ismael Álvarez, entonces alcalde de Ponferrada sometió a un acoso insoportable a una joven y precoz concejala que había roto la relación sentimental que mantenían. El caso fue juzgado y Álvarez declarado culpable. De eso hace mucho tiempo, y, excepto para la víctima, que tuvo que buscar una nueva vida fuera de España, el tiempo lo borró todo. Tanto, que Álvarez regresó a la política municipal con un grupo independiente que obtuvo una amplia representación en el ayuntamiento ponferradino.

Lo cierto es que fuera de la zona leonesa ya casi nadie se acordaba de Ismael Álvarez ni de la triste historia de la chica a la que vampirizó sin piedad hasta abocarla a la depresión y el exilio. Pero el PSOE local se ocupó de refrescarnos la memoria merced a una delirante moción de censura que contó con el apoyo de Álvarez para desalojar al PP de la alcaldía. El fin de la historia tiene tintes no ya de drama griego, sino de vodevil puro y duro, con todo el grupo ponferradino del PSOE rompiendo con el partido y Óscar López dinamitando, sin remedio, su carrera política por haber auspiciado –quien calla, otorga– la colaboración con un acosador.

Ahora el vampiro Álvarez ha abandonado la política, lo cual, en un ejercicio de irresponsabilidad sin precedentes, López trató de presentar como una victoria de su grupo, y el PSOE se ha quedado sin representación en una ciudad de más de 60.000 habitantes, amén de haber recibido un considerable varapalo sobre su credibilidad y la de sus líderes, que vieron llegar el tsunami y no intervinieron.

Más allá de otras consideraciones, es bueno –y triste– recordar por qué estaba Ismael Álvarez ocupando una silla en el salón de plenos de un ayuntamiento. Se encontraba ahí porque se presentó a unas elecciones y obtuvo el apoyo masivo de sus vecinos. El mismo trasunto de Drácula que chupó la sangre a una chica de veintitantos años, la convirtió en una víctima y la obligó a cambiar de vida, se presentó a unas elecciones y sacó cinco concejales, ahí es nada. Y eso debería hacer que diésemos un par de vueltas al concepto que la sociedad tiene aún de ciertos pecados, de ciertas faltas, de ciertos comportamientos.

“Los monstruos, las brujas, las madrastras, los vampiros existen –escribe Espido Freire–. Nos rodean a diario; se encuentran en nuestra familia, entre los amores que vivimos, en la oficina, al final de cada calle. Lo que ocurre es que ya no los llamamos así”. Quizá porque los monstruos llevan corbata y no han sido arrojados al mundo por un demiurgo maligno, sino elevados al lugar que ocupan por el milagro supuestamente prístino de las urnas.

 

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