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Los privilegios


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 22 de mayo de 2013 a las 9:56 | Clasificado en Libros

La novela de John Dee, finalista del Pulitzer, recuerda a los ‘tiburones’ que, no contentos con toda la fortuna que amasaban, aprovecharon sus posiciones en la banca y los negocios para, sin temor a lo ilegal, enriquecerse sin límite.

Puerta de Europa de Madrid, sede operativa de Bankia. (Wikipedia)
Puerta de Europa de Madrid, sede operativa de Bankia. (Wikipedia)

Si en “La hoguera de las vanidades” Tom Wolfe retrató a la nueva generación de millonarios surgida de los vaivenes económicos de la década de los 80, y en “Todo un hombre” explicó el complicado proceso de quiebra de un negocio burbuja en las postrimerías del siglo XX, un nuevo autor parece hacer aparecido para tomar el relevo del maestro del Nuevo Periodismo. Hablamos del recién aterrizado John Dee, que en su novela “Los privilegios“, finalista del Premio Pulitzer 2011 y publicada por Anagrama, hace un fascinante fresco de la vida de los jóvenes millonarios que han alcanzado el cielo de Manhattan desde sus puestos de asesores bursátiles.

El protagonista, el ambicioso y atractivo Adam Morey representa a esa generación de profesionales que ven pasar a diario por delante de sus narices cantidades escandalosas de dinero que van a engrosar las cuentas de sus clientes principales. Mientras, ellos, muñidores de fortunas ajenas, tienen que conformarse con miserables pellizcos que les permiten llevar un más que aceptable tren de vida. En un principio, el premio parece bastante: una comisión generosa, un bonus, un ascenso en la compañía, un cambio de casa, unas vacaciones de lujo.

Pero un día, por alguna razón, se desea más. El apartamento bonito ya no es bastante: es mucho mejor un ático. Conducir un coche de alta gama es un premio de consolación: se ansía un chófer. Viajar en primera es agradable, pero parece lícito soñar con un avión privado. Donar 5.000 dólares a una asociación benéfica está bien, pero no se puede comparar con dirigir tu propia fundación. Y Adam, que tiene un cerebro privilegiado, una mujer hermosa y el aspecto de alguien bendecido por la fortuna, pone a trabajar su intelecto para dar el salto a ese mundo que no se conforma con ver de lejos: el de las mansiones en los Hamptons, el tríplex en la mejor zona de Nueva York y el piloto del jet en permanente estado de alerta por si se le antoja ir a Londres a comprar una casa.

Leyendo la fina prosa de Dee y siguiendo las andanzas del irresistible Adam Morey -porque, a pesar de caminar por la otra orilla de la ética, es un personaje simpático- es imposible no recordar a quienes, como él, no se conformaron con vivir en la cima y querían alcanzar las nubes. Con quienes no tenían bastante con sueldos generosos y prebendas varias y, cansados de ver cuentas de nueve ceros, se inventaron la forma de acceder a lo que pensaban que merecían por derecho propio. Y uno se pregunta si la oscura situación en que se encuentran, ese constante reto a la ética y a la ley, les permite dormir bien.

Adam Morey no siempre lo hace, y no por una cuestión moral, sino porque sabe que sus martingalas bursátiles al traficar con información privilegiada pueden ser descubiertas, en cuyo caso acabará con sus huesos en la cárcel. En una de las mejores escenas de la novela, Morey camina por Central Park para encontrarse con su cómplice, y mientras lo hace es consciente de todo lo que está poniendo en peligro cada vez que acude a una cita. Y el tiburón, el amo del dinero, el pequeño Dios, suda su propio miedo.

En ese momento, el lector que ha envidiado la vida rutilante de los Morey, sus vacaciones de derroche, sus fiestas con caviar, los trajes a medida, empieza a preguntarse si de verdad vale la pena vivir con esa espada de Damocles sobre la cabeza. Si no le hubiese ido mejor a Adams de haberse conformado con el agradable puesto de secundario de lujo. No sería nada raro recordar a Adam Morey al pensar en esa pléyade de banqueros puestos bajo el punto de mira de la justicia, y preguntarse si, como el protagonista de “Los privilegios”, ellos también sudan hielo el día en que les da por pensar que quizá se les pueda torcer el destino cuando un juez los llame a declarar de urgencia para acabar pasando la noche en una celda que sólo puede abrirse por fuera.

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