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“Nadie debería trabajar”


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Yorokobu

Este artículo ha sido publicado en Yorokobu, revista sobre innovación, inspiración, tendencias, emprendedores, creatividad y las cosas positivas que ocurren en el mundo y nadie cuenta.


Escrito el 8 de junio de 2013 a las 17:04 | Clasificado en Libros

Lo fácil es pensar que las cosas son como son porque así tienen que ser. Ese es el argumento jefe de un pensamiento perezoso, un pensamiento miedoso. Pero, a veces, llega un puñado de palabras y sacude el espejismo en el que millones de personas han construido su vida. Esto ocurre, por ejemplo, cuando uno se tumba en el sofá y lee un libro que comienza así: “Nadie debería trabajar”.

Vertedero, 2012. (Wikipedia)
Vertedero, 2012. (Wikipedia)

El primer párrafo de ‘La abolición del trabajo’, de Bob Black, proclama: “El trabajo es la fuente de casi toda la miseria en el mundo. Casi todos los males que puedas mencionar provienen del trabajo o de vivir en un mundo diseñado para el trabajo. Para dejar de sufrir tenemos que dejar de trabajar”.

¡¿☠☹☣?!

–¿Es esto una provocación? –te preguntas al leer las primeras frases.
–No –te respondes al llegar a la última página.

El escritor estadounidense propone en este ensayo, publicado en 1985 y recuperado ahora por Pepitas de calabaza, “una nueva forma de vivir basada en el juego (…), una convivencia lúdica, comensalismo o, tal vez, incluso arte. (…) Yo agito por un festejo permanente”.

Black utiliza la palabra ‘juego’ en un sentido mucho más extenso que el de diversión. El politólogo plantea “una aventura colectiva en alegría generalizada y exuberancia libremente interdependiente”. Y sabe que la propuesta es atrevida porque la mayoría de las ideologías que han ido modelando el presente “creen en el trabajo”. Desde la moral calvinista o el protestantismo hasta el marxismo y la mayor parte de las ramas del anarquismo (estas dos últimas “defienden el trabajo aún más fieramente, porque no creen en casi ninguna otra cosa”, asegura en su ensayo).

El filósofo desmonta la concepción del trabajo que se ha ido forjando durante siglos, especialmente, desde la industrialización. Pero sabe que encontrará cierta resistencia porque “vivimos tan cerca del mundo del trabajo que no vemos lo que nos hace”. Y por eso –dice– busca en la sabiduría de “observadores externos de otros tiempos y otras culturas para apreciar el extremismo y la patología de nuestra posición presente”.

Desde este alejamiento mental propone una “definición mínima del trabajo” como “labor forzada” y asegura que, además, se trata de una “producción impuesta por medios económicos o políticos”. “El trabajo”, asegura en su ensayo, “nunca es hecho por amor al trabajo mismo, sino para obtener un producto o resultado que el trabajador (o, con más frecuencia, alguien más) recibe del mismo”.

Dice Black que “los trabajadores industriales (y de oficina) se encuentran bajo el tipo de supervisión que asegura el servilismo”. La monotonía y la exclusividad que supone, no ya trabajar, sino “tener un empleo”, destruye el interés de cualquier actividad y todo su potencial lúdico. “Un empleo que podría atraer la energía de algunas personas por un tiempo razonable, por pura diversión, es tan solo una carga para aquellos que tienen que hacerlo por 40 horas a la semana sin voz ni voto sobre cómo debería hacerse, para beneficio de propietarios que no contribuyen en nada al proyecto, y sin oportunidad de compartir las tareas o distribuir el trabajo entre aquellos que tienen que hacerlo.

Este es el verdadero mundo del trabajo: un mundo de estupidez burocrática, acoso sexual y discriminación, de jefes cabeza hueca explotando y descargando la culpa sobre sus subordinados, quienes –según cualquier criterio tecnicoracional– deberían estar dirigiendo todo”.

La ‘oligarquía de oficina’

Para el estadounidense, “la degradación que experimentan la mayoría de los trabajadores es la suma de varias indignidades que pueden ser denominadas como disciplina”. Esta palabra reúne “la totalidad de los controles totalitarios en el lugar de trabajo (supervisión, movimientos repetitivos, ritmos de trabajo impuestos, cuotas de producción, fichar…)”.

“La disciplina es lo que la fábrica, la oficina y la tienda comparten con la cárcel, la escuela y el hospital psiquiátrico. Es algo históricamente nuevo y horrible. Va más allá de las capacidades de los dictadores demoníacos de antaño como Nerón, Gengis Khan e Iván el Terrible. Pese a sus malas intenciones, ellos no tenían la maquinaria para controlar tanto a sus súbditos como los déspotas modernos. Eso es el trabajo”, asegura, “el juego es todo lo contrario”.

El trabajo es forzado. El juego es voluntario y no se hace a cambio de dinero. Su recompensa es “la experiencia de la actividad misma”.

Black hace alusión a los estudios del filósofo Michel Foucault que sostenían que “las cárceles y las fábricas surgieron casi a la vez, y sus operadores copiaron conscientemente las técnicas de control de unas y otras”. “Un trabajador es un esclavo a tiempo parcial. El jefe dice cuándo ha de llegar, cuándo tiene que irse y qué hacer entre esos dos momentos. (…) Puede llevar su control hasta extremos humillantes mediante la regulación, si le da la gana, de la ropa que ha de vestir y cuántas veces puede ir al baño”.

Anuncio australiano, 1943. (Wikimedia.org)

Este “humillante sistema de dominación”, continúa, “rige sobre la mitad de las horas de vigilia de una mayoría de mujeres y la vasta mayoría de los hombres durante décadas, durante la mayor parte de sus vidas”. Y, por eso, Black considera que la forma más correcta de llamar a este sistema es “fascismo de fábrica” y “oligarquía de oficina”.

En esos modelos no cabe la libertad, según el graduado en Derecho. No solo de actos. También de pensamiento y crecimiento intelectual. Y eso, definitivamente, es lo más trágico. “Eres lo que haces”, escribe.

“Si haces trabajo aburrido, estúpido y monótono, lo más probable es que tú mismo acabes siendo aburrido, estúpido y monótono. El trabajo explica la creciente cretinización a nuestro alrededor mucho mejor que otros mecanismos idiotizantes como la televisión y la educación. Quienes viven marcando el paso, todas sus vidas, llevados de la escuela al trabajo y enmarcados por la familia al comienzo y el asilo al final, están habituados a la jerarquía y esclavizados psicológicamente. Su aptitud para la autonomía se encuentra tan atrofiada que su miedo a la libertad es una de sus pocas fobias con base racional. El entrenamiento de obediencia en el trabajo se traslada hacia las familias que inician, reproduciendo así el sistema en más de una forma, y hacia la política, la cultura y todo lo demás. Una vez que absorbes la vitalidad de la gente en el trabajo es probable que se sometan a la jerarquía y la experticia en todo. Están acostumbrados a ello”.

El trabajo desde una perspectiva histórica

Cuenta Black que “hubo un tiempo en nuestro pasado en que la ética del trabajo hubiese sido incomprensible”. La idea de trabajar duro y acumular riqueza como forma de salvación individual nació hace apenas unos siglos. Su justificación teórica quedó recogida en el libro ‘La ética protestante y el espíritu del capitalismo’, de Max Weber (1864-1920), pero, además, el sociólogo alemán dio un impulso meteórico a esta idea al asociarla al protestantismo y el calvinismo, según el estadounidense.

“Solo tenemos que usar la sabiduría de la antigüedad para poner el trabajo en perspectiva”, indica. “Sócrates dijo que los trabajadores manuales suelen ser malos amigos y malos ciudadanos, porque no tienen tiempo de cumplir con las responsabilidades de la amistad y la ciudadanía. Tenía razón (…). El tiempo libre está dedicado en su mayoría a prepararse para ir al trabajo, regresar del trabajo y recobrarse del trabajo. El tiempo libre es un eufemismo para la forma en que el trabajador, como factor de producción, no solo se transporta a sí mismo a sus propias expensas, desde y hacia el puesto de trabajo, sino que además asume la responsabilidad de su propio mantenimiento y reparación. El carbón y el acero no hacen eso. Las máquinas fresadoras y las de escribir no hacen eso. Pero los empleados sí”.

Esto tampoco es así en todas las culturas. Los Kapauku, una tribu que vive en el oeste de Nueva Guinea, establecen un equilibrio entre trabajo y tiempo destinado a otras actividades. El antropólogo Leopold Pospisil dice, en sus investigaciones, que esta comunidad dedica un día a trabajar y el siguiente a descansar.

Black es consciente de que esta idea de reducir el trabajo hoy hace temblar de pánico a la mayoría del mundo. Pero el estadounidense argumenta que ese miedo empezó a alentarse hace mucho tiempo. La literatura universal está plagada de pensadores, como Thomas Hobbes (1588-1679), encargados de asustar a la sociedad igualando el colapso de la autoridad con la violencia y el caos.

El autor de este ensayo dice que hasta Adam Smith (1723-1790), defensor a ultranza del mercado y la división del trabajo, supo ver el “lado más oscuro” de una sociedad construida en torno al trabajo. El economista y filósofo escocés escribió que “el entendimiento de la mayoría de los hombres se forma necesariamente de sus ocupaciones habituales. El hombre que se pasa la vida efectuando unas cuantas operaciones simples no tiene ocasión de ejercer su entendimiento. Por lo general, se vuelve tan estúpido e ignorante como es posible que una criatura humana llegue a serlo”.

Mujeres coreanas tejiendo, 1904. (Wikimedia.org)
El trabajo es genocidio

Bob Black continúa su defensa de la abolición del trabajo con un argumento más tajante: “El trabajo es asesinato en masa o genocidio. Directa o indirectamente matará a la mayoría de los que lean estas palabras. Entre 14.000 y 25.000 trabajadores mueren en EE UU en el lugar de trabajo. Más de dos millones quedan inhabilitados. (…) Las estadísticas hablan de 100.000 mineros que padecen el mal del pulmón negro. Cuatro mil de ellos mueren cada año, una tasa de mortalidad mucho mayor que la del sida, por ejemplo, que recibe tanta atención de los medios”.

“Aun si no quedas muerto o inválido mientras trabajas, puedes morir mientras vas al trabajo, regresas del trabajo, buscas trabajo o tratas de olvidarte del trabajo”, prosigue. “El trabajo, entonces, institucionaliza el homicidio como forma de vida”.

Black pasa, a continuación, de la fábrica a la oficina. “El 40% de la fuerza laboral son trabajadores de cuello blanco. La mayoría de ellos tienen algunos de los empleos más tediosos e idiotas jamás concebidos. Industrias enteras, seguros y bancos y bienes raíces, por ejemplo, que no consisten nada más que en mover papeles inútiles de un lado a otro”.

El autor se sorprende de que, a pesar de todo lo que expone, “el sentimiento que prevalece, universal entre patronos y sus agentes, y muy extendido entre los trabajadores, es que el trabajo es inevitable y necesario”. Él discrepa. “Es posible abolir el trabajo y reemplazarlo por nuevos tipos de actividades libres”, dice.

Su propuesta se basa en “recortar masivamente la cantidad de trabajo” (porque, “en la actualidad, la mayor parte es inútil”) y en “tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en una agradable variedad de pasatiempos parecidos al juego y la artesanía (…) que generan productos útiles (…). La creación se convertiría en recreación y podríamos dejar de vivir temerosos los unos de los otros”.

Los recortes podrían aplicarse a la “producción de guerras, la energía nuclear, la comida basura, los desodorantes de higiene femenina y parte de la industria automovilística”, propone Black. Y así, “sin haberlo intentado siquiera, hemos resuelto la crisis de energía, la crisis ambiental y un montón de problemas sociales insolubles”.

“Los científicos, ingenieros y técnicos, liberados de investigar sobre la guerra y la obsolescencia programada, lo pasarían en grande inventado medios para eliminar la fatiga, el tedio y el peligro de actividades como la minería”, plantea. “Sin duda, encontrarán otros proyectos en los que divertirse”.

El paso del trabajo al juego también tiene que ver con cambiar las circunstancias en las que se desarrolla una actividad. La mayor parte de las tareas resultan más agradables si no se realizan bajo el acecho de un supervisor, en un entorno amable o se les puede imprimir un toque de creatividad.

En ese sistema de “festejo permanente”, Black piensa que “presenciaremos una edad de oro de la creatividad que hará pasar vergüenza al Renacimiento. No habrá más empleos. Solo cosas que hacer y gente que las haga”.

Mezclando cemento, 2011. (Wikimedia.org)
El derecho a la pereza

Esta visión del trabajo no es exclusiva de Bob Black. Paul Lafargue escribió ‘El derecho a la pereza’ en 1880. El periodista y teórico político francés defendía en este ensayo el uso de las máquinas y la reducción de la jornada laboral para que los ciudadanos pudieran dedicar más tiempo a la ciencia, el arte y las necesidades humanas fundamentales.

Henry David Thoreau, unos 40 años antes, criticó el modelo productivo industrial porque, a su juicio, suponía la explotación de los humanos. Rechazó también el culto al éxito y el credo puritano del trabajo constante porque significaba la explotación de uno mismo.

Thoreau trató el tema del trabajo en algunos ensayos (‘Ganarse la vida’, ‘Vidas malgastadas’, ‘De qué le aprovecha al hombre’…) y mostró su sorpresa por que hubiera “tan poco o casi nada escrito, que yo recuerde, sobre el tema de ganarse la vida, cómo hacer de ganarse la vida no solo algo valioso y honorable, sino también algo apetecible y glorioso, porque si ganarse la vida no es de ese modo, esto no sería vivir”.

En ‘La desobediencia civil’ indica: “Yo creo que no hay nada, ni tan siquiera el crimen, más opuesto a la poesía, a la filosofía, a la vida misma, que este incesante trabajar”.

Thoreau se enfrentó a las teorías del trabajo como objetivo vital y a la doctrina calvinista con estas palabras. “Si un hombre pasea por el bosque, por placer, todos los días, corre el riesgo de que le tomen por un haragán, pero si se dedica el día entero a especular cortando bosques y dejando la tierra árida antes de tiempo, se le estima por ser un ciudadano trabajador y emprendedor. ¡Como si una ciudad no tuviera más interés en sus bosques que el de talarlos!”.

“El propósito del obrero debería ser, no ganarse la vida o conseguir ‘un buen trabajo’, sino realizar bien un determinado trabajo y hasta (…) sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintieran que estaban trabajando por lo mínimo, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquél que lo hace porque le gusta, aunque lo realice muy despacio”.

Buscadores de oro en California. (Wikimedia.org)

Thoreau criticó muchas prácticas económicas de su tiempo, a mediados del siglo XIX, que mantienen un paralelismo absoluto con muchas actividades empresariales de la actualidad. “La afluencia masiva de buscadores de oro a California, por ejemplo, y la actitud no simplemente de los comerciantes, sino también de los filósofos y los profetas respecto a ella, refleja el gran desastre de la humanidad. ¡Que tantos esperen vivir de la suerte y así tener el modo de encargar el trabajo a otros menos afortunados y todo ello sin aportar nada a la sociedad! ¡Y a eso le llaman negocio! No conozco desarrollo más sorprendente de la inmoralidad en el comercio y en los demás procedimientos habituales para ganarse la vida. La filosofía y la poesía y la religión de semejante humanidad no merecen el polvo de un bejín” (‘La desobediencia civil’).

El filósofo naturalista habló también de la ambición humana y de la forma en que la especulación y la avaricia se imponían sobre el talento y la inteligencia en este sistema económico. “Dios entregó al hombre honrado un certificado capacitándolo para alimentarse y vestirse, pero el hombre malvado encontró un facsímil del mismo en los cofres de Dios, se apropió de él y obtuvo alimento y vestido como el primero. Es uno de los sistemas de falsificación más extendidos que conoce el mundo. Yo no sabía que la humanidad padeciera por falta de oro. Yo lo he visto en pequeña cantidad. Sé que es muy maleable, pero no tan maleable como el ingenio. Un grano de oro puede dorar una gran superficie, pero no tanto como un grano de buen juicio (…). Si ganas, la sociedad pierde. (…) El buscador de oro es el enemigo del trabajador honrado“.

En su obra ya adelantó un problema que ha ido cada vez a más: el expolio del planeta. Thoreau leyó ‘Tierra, trabajos, oro’, de Alfred William Howitt, y escribió: “Me quedaron grabados en la mente toda la noche los numerosos valles con sus arroyos, todo cortado por pozos pestilentes de tres a 30 metros de profundidad y cuatro metros de ancho, tan justos como les fue posible cavarlos y medio cubiertos de agua. El lugar al que se lanzan con furia muchos hombres para buscar fortuna, sin saber dónde deben abrir sus agujeros, sin saber si el oro está bajo su mismo campamento, cavando a veces 50 metros antes de dar con la veta o perdiéndola por centímetros, convertidos en demonios y sin respetar los derechos de los demás en su sed de riqueza. Valles enteros a lo largo de cincuenta kilómetros aparecen de repente como panales de miel por los pozos de los mineros de tal suerte que cientos de estos mueren allí agotados. Metidos en el agua y cubiertos de barro y arcilla trabajan día y noche, y mueren de frío y enfermedad”.

El filósofo abolicionista continúa: “Howitt dice del hombre que encontró la gran pepita de 12 kilogramos en las excavaciones de Bendigo, en Australia: ‘Pronto empezó a beber, cogió un caballo y cabalgó por los alrededores, casi siempre al galope, y cuando encontraba gente la llamaba para preguntarle si sabía quién era él. A continuación le informaba, muy amable, de que él era el maldito miserable que había encontrado la pepita. Al final, cabalgando a todo galope, se estrelló contra un árbol, casi se salta los sesos. De todos modos, yo creo que no hubo ningún peligro en su caída porque ya se había saltado los sesos contra la pepita. Howitt añade: ‘Es un hombre completamente acabado’. Pero es un ejemplo de esa clase. Todos estos son hombres disipados. Escuchad algunos nombres de los lugares que excavan: llano del imbécil, barranco de la cabeza del carnero, vado del asesino. ¿No hay sátira en estos nombres? Dejadlos que arrastren su mal ganada riqueza adonde quieran, yo creo que el lugar en que vivan será siempre el llano del imbécil, si no el vado del asesino”.

Thoreau llegó a decir: “No preguntes cómo se consigue la mantequilla para tu pan. Se te revolverá el estómago al enterarte”. Y Bob Black acabó su libro con la misma frase que empezó: “Nadie debería trabajar”.

Pero, además, incluyó una exhortación: “Proletarios del mundo… ¡descansad!”.

Tienda en Estocolmo, 1907. (Wikimedia.org)

Fuente: “Nadie debería trabajar”

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