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No volver a verte


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Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.


Escrito el 27 de marzo de 2013 a las 9:32 | Clasificado en Libros

La juez Alaya, encargada del caso de los EREs de la Junta de Andalucía, es examinada por los medios a pesar de que ella intenta pasar desapercibida. Cuestión de sexos.

Mercedes Alaya, juez del caso de los EREs (Fuente: Facebook Club de Fans de Mercedes Alaya)
Mercedes Alaya, juez del caso de los EREs (Fuente: Facebook Club de Fans de Mercedes Alaya)

En medio de la bendita y misteriosa luna de miel que viven los lectores españoles con los autores en castellano, aparece en las listas de más vendidos un libro delicioso, conmovedor, bellísimo. Un libro lleno de luz que nadie – ni siquiera aquellos que no son amantes de la lectura – debería perderse. Se titula ‘La ridícula idea de no volver a verte’. Su autora es Rosa Montero, y lo edita Seix Barral, que esta temporada está que se sale en sus hallazgos literarios.

‘La ridícula idea de no volver a verte’ está concebido a partir de los intensos diarios que Marie Curie escribió tras la muerte de su esposo, Pierre, que perdió la vida prematuramente en un accidente absurdo. Su esposa y colega, con la que compartía dos hijas, un laboratorio y el Premio Nobel de Física por el común descubrimiento del radio, quedó devastada por la viudez, y quizá intentando poner en orden sus sentimientos empezó a escribir.

Rosa Montero recupera esos textos y escribe a partir de ellos algo que tiene mucho de milagroso: un libro sobre la pérdida no es en absoluto un libro triste. La autora parte del dolor de Curie para hablar de su propio dolor tras la muerte de su marido, y hace agudas reflexiones sobre la viudez y la separación definitiva del ser amado, mientras recorre la vida de los esposos Curie.

Cuenta Rosa Montero que cuando Pierre murió, Marie pasó muchísimo tiempo prácticamente aislada del mundo y refugiada con desesperación en su trabajo de laboratorio. Cinco años después la vida pareció entregarle un premio de consolación y se enamoró de un hombre casado. Era la excusa que estaban esperando sus colegas científicos –que soportaban muy mal que una mujer les diese sopas con honda– para echársele encima. La acusaron de corruptora, de desalmada, de adúltera (pero ¿el casado no era él?), de libertina. Cayeron sobre Marie desde el flanco débil de la vida privada, pues su vida profesional era intachable.

La jueza de los ERE

Mucho tiempo después cabe pensar que las personas que son conocidas por su trabajo no deberían tener sexo, porque cuando lo tienen -y si es el mal llamado débil- siempre se utiliza para atacarlas. Si no les convence la declaración, piensen en la juez de los EREs, la señora Alaya, que se ha echado sobre las espaldas  uno de los casos de corrupción más vergonzosos e intrincados de la historia reciente.

Deberíamos dejar trabajar a la señora Alaya, pedirle resultados, exigirle respuestas, nombres de culpables, condenas. Pero se pierden energías en examinarla a ella, en hablar de su ropa, de su pelo, de su talla, del largo de sus faldas o la forma de su escote. Cualquier periodista sabe, lo quiera o no, el nombre del marido de la juez Alaya, el número de hijos que tiene y hasta la edad de sus vástagos. Y es profundamente injusto.

La señora Alaya no está aquejada por el síndrome del ‘Folies Bergere’ que padecen otros colegas. No hace declaraciones, no se detiene ante la prensa y pasa delante de los compañeros con la expresión reconcentrada y el rosto pétreo, a lo mejor porque lo que tiene entre manos es demasiado serio como para andar con bromitas.

Haciendo memoria, creo que la juez Alaya y el juez Ruz son los únicos a los que nunca hemos visto entrar en los juzgados exhibiendo sonrisa. Ahí tienen ustedes a Pedraz, a Gómez Bermúdez, a Garzón, a Castro, que han hecho suyo aquello de “dientes, dientes”. La juez Alaya podría tener torcidas las paletas y mellados los caninos, que no nos hubiésemos enterado.

A pesar de todo, se la examina, disecciona y analiza con un interés que no han padecido nunca otros jueces varones. Lo que lleva a pensar que, aunque nos gusta creer lo contrario, tampoco hemos avanzado tanto desde Marie Curie.

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