Hace tres semanas, Libros del Asteroide -que tiene uno de los catálogos más interesantes del panorama editorial actual- llevaba a las librerías el libro de John Mortimer “Un paraíso inalcanzable”. Mortimer, con una dilatada carrera como escritor y abogado criminalista, fue un escritor muy popular en Gran Bretaña, bien conocido gracias a sus novelas, sus obras de teatro y sus guiones televisivos. Su éxito como abogado se fraguó durante los años setenta gracias a una serie de casos de defensa de la libertad de expresión.

En Un paraíso inalcanzable, Mortimer habla de un acontecimiento que sacude al pequeño pueblo inglés de Rapstone Fanner cuando, tras fallecer su párroco de probadas ideas socialistas, se descubre que éste ha dejado toda su fortuna al diputado conservador Leslie Titmuss. Pasada la sorpresa inicial -que cae como una bomba en Rapstone Fanner y el la familia del párroco Simon Simcox- uno de los hijos del difunto decide investigar el porqué de la decisión paterna de legar su patrimonio a alguien con quien, en principio, no tenía nada en común. O, al menos, eso parecía.

Podemos recordar el caso del legado Simcox tras comprobar el tiempo y el espacio que se ha dedicado los pasados días a la visita a Extremadura de Felipe González y la aparente buena sintonía alcanzada con el presidente de la comunidad, José Antonio Monago, que, por casualidad (o no)- acaba además de publicar un extenso artículo en el diario El País y manifestar opiniones vagamente discordantes con las de la cúpula de su partido en cuanto a asuntos muy puntuales.

Rápidamente se le ha colgado a Monago el sambenito de “verso suelto”, dejando claro que en este país no se concibe ni siquiera mínimamente la ruptura de líneas. Los partidos, y sus líderes, tienen que marchar prietas las filas, so pena de ser apartados de la foto de grupo. De las listas abiertas, entonces, ni hablamos. Cada vez que un osado rompe la disciplina de voto, se arma la mundial, y se convierte en tema de tertulia que un presidente del PP reciba con la cordialidad que aconseja el protocolo a un líder de otro partido.

Pues esas cosas pasan. Y si el bueno de Simon Simcox, socialista y librepensador, pudo desheredar a sus hijos en beneficio de un inmovilista seguidor de Margaret Thatcher, no debería asombrarnos que un miembro destacado del Partido Popular tire levemente de las orejas a sus líderes o se lleve bien con un expresidente del gobierno con quien no comparte siglas.

Publicado por Marta Rivera

Escritora y periodista. Colaboradora en radio, prensa y televisión. Finalista del Premio Planeta en 2006 con 'En tiempo de prodigios'. Su último libro es 'La vida después'.

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