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Un soplo genial de 104 años


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Carmelo Jordá

Vivo en Madrid, soy periodista y trabajo en Libertad Digital y esRadio, antes lo hice en 20minutos y en Periodista Digital, y antes hace tanto que no me acuerdo. Soy uno de esos que escribe y/o habla de cualquier cosa, así que puedes encontrar cosas mías sobre política, economía, viajes, ebooks... también hago algunas fotos.


Escrito el 11 de diciembre de 2012 a las 9:42 | Clasificado en Ocio

El genio brasileño vivió mucho y diseñaba con rapidez, así que es muy difícil hacer una selección de sus mejores obras, aceptando que dejaremos fuera cosas muy importantes y advirtiendo que seleccionamos con un criterio personal. Niemeyer no ha sido ajeno a ciertas contradicciones: pese a su militancia siempre se ha mantenido lo suficientemente cerca del poder para obtener numerosos contratos de múltiples administraciones.

Centro Niemeyer (fuente: Carmelo Jordá).
Centro Niemeyer (fuente: Carmelo Jordá).

Niemeyer dibuja sobre su tablero, de pie, frente al gran papel en blanco y con un grueso rotulador negro en la mano, las formas van surgiendo como por magia, y lo que empiezan siendo unas líneas deslavazadas acaban convirtiéndose en la Alvorada de Brasilia, o en el Museo Niteroi, o en un gran edificio en Sao Paulo o París.

Esa misma naturalidad, esa manera orgánica y natural de crecer, parece también estar detrás de los monumentales proyectos del brasileño, que se dirían parte del entorno que los rodea, un elemento más de la naturaleza, pese a ser radicalmente diferentes, pese a ser notoriamente artificiales.

Quizá ningún artista del S XX haya tenido una carrera tan larga como la de Óscar Niemeyer, que murió la semana pasada a los 104 años, y desde luego difícilmente se habría podido aprovechar mejor: se mantuvo en activo hasta prácticamente el final de su larga vida. Una vida que, pese a todo, él mismo definía como “un soplo” en un interesantísimo documental sobre su vida que se titulaba, precisamente, ‘La vida es un soplo’.

Una arquitectura diferente

Ya desde sus primeras obras en Pampulha (año 43) Niemeyer muestra la voluntad clara de construir una arquitectura diferente, “que sorprenda”, según sus propias palabras. Para ello se empapa de las tendencias dominantes en el siglo XX, especialmente de las ideas de Le Corbusier, pero ya prácticamente desde el primer momento las transciende, encontrando sus propias metas y una forma personalísima de llegar a ellas.

Así, pese a que sigue usando elementos que nos recuerdan mucho a la obra y las ideas del arquitecto francés -las estructuras elevadas sobre pilastras, el hormigón armado como material esencial, el espacio interior libre, las rampas, etc.- rápidamente le vemos adoptar la curva como pieza central de su lenguaje.

Dos diferencias más apartan a Niemeyer de la arquitectura de vanguardia que se desarrollaba en aquellos momentos en Europa: la primera es que reniega de los principios de la Bauhaus en cuanto a la multiplicación y la “fabricación en serie” de edificios, para él cada obra es única y se adapta al espacio en el que está ubicada; y la segunda que aparecen elementos decorativos, no sólo arquitectónicos sino aportados por otro tipo de artistas: pinturas, murales, esculturas…

En definitiva, Niemeyer pasa del “lo útil es bello” que imperaba en la arquitectura mundial de los años 30 y 40 a una frase que le gustaba repetir: “Si es bello, es útil”.

Grandes obras

El genio brasileño vivió mucho y diseñaba con rapidez, así que es muy difícil hacer una selección de sus mejores obras, aceptando que dejaremos fuera cosas muy importantes y advirtiendo que seleccionamos con un criterio personal. Sea como sea, cualquier comentario sobre las grandes obras de Niemeyer debe empezar por Brasilia: la gran capital creada de la nada por el presidente Juscelino Kubitschek, el propio Niemeyer –responsable de la mayoría de los grandes edificios- y Lucio Costa –mentor y amigo del arquitecto, que se encargó de la planificación urbanística.

Prácticamente todos los grandes edificios de Brasilia son obra de Niemeyer, y entre ellos hay varios que han pasado a los anales de la historia de la arquitectura: el Congreso Nacional, los Palacios de Planalto y la Alvorada, la Catedral

También en Brasil, cerca de su muy querido Río de Janeiro está el Museo de Niteroi, otra de sus realizaciones más impactantes, con un aspecto a mitad de camino entre una flor y un platillo volante y ubicado en un lugar excepcional, justo al borde de un acantilado con vistas a la gran bahía de Río.

Aunque mucho menos abundante, la obra de Niemeyer también ha llegado a Europa. Su exilio en Francia le sirvió para proyectar, entre otras cosas, la sede del Partido Comunista galo, un espléndido edificio acristalado en París. En esa misma época crea en Milán la sede de la Editorial Mondadori, un proyecto que debe bastante al Palacio de Itamaraty, en Brasilia, pero que crea una galería de bellísimas columnas ubicadas a intervalos irregulares: otra muestra del gusto de Niemeyer por sorprender.

Finalmente, hace menos de dos años se inauguró el último gran proyecto de Niemeyer en el viejo continente: el centro que lleva su nombre en Avilés. Un conjunto de edificios criticado y alabado a partes casi iguales pero que es un excelente ejemplo de la arquitectura sinuosa del maestro brasileño.

Niemeyer y la política

Para muchos, Niemeyer es todavía más importante por su “compromiso” político: fue militante del Partido Comunista durante prácticamente toda su vida y se mantuvo muy cerca de los regímenes comunistas.

Para otros, en cambio, haber recibido el Premio Lenin de la totalitaria URSS o la amistad con Fidel Castro no son precisamente baldones de gloria, aunque obviamente eso no afecte a la calidad arquitectónica de la obra de Niemeyer.

Durante el siglo XX muchos arquitectos se han mostrado especialmente cercanos a los regímenes totalitarios, desde Speer al propio Niemeyer, quizá porque en ese esquema político en el que resultan más probables grandes planes urbanísticos y arquitectónicos: el nuevo Berlín que proyectaba Hitler, las grandes ciudades soviéticas o incluso la propia Brasilia.

Por otro lado, el propio Niemeyer no ha sido ajeno a ciertas contradicciones: pese a su militancia siempre se ha mantenido lo suficientemente cerca del poder para obtener numerosos contratos de múltiples administraciones, desde la propia Brasilia hasta la sede de la ONU; además, en la única ocasión en la que realmente la política le supuso problemas, tras el golpe militar a mediados de los 60 en Brasil, Niemeyer no decidió vivir su exilio en una URSS que unos pocos años antes le había entregado su máximo premio, sino en la muy poco comunista Francia de De Gaulle.

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