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El soldado de Obama


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Víctor Navarro

Periodista. Trabajo en el diario 20minutos y escribo sobre videojuegos en El Píxel Ilustre y Yorokobu. A veces me dejan escribir cosas en Mondo Píxel.


Escrito el 7 de octubre de 2013 a las 12:13 | Clasificado en EEUU, Oriente Medio, Videojuegos

‘Unmanned’ es un videojuego que nos muestra el drama humano que viven los pilotos que manejan los drones. El juego, cuyo nombre se traduce como ‘no tripulado’, habla de las nuevas máquinas de guerra, pero también del soldado despojado de su humanidad y su honor para matar a distancia en zonas que ni siquiera están en guerra.

unmanned

La guerra está cambiando. Los ‘drones’ se han convertido en la locomotora de una revolución industrial de lo bélico que permite vigilar durante varios días a un presunto extremista en una zona montañosa de Pakistán y borrarlo del mapa con un par de misiles del tío Sam sin salir del desierto de Nevada. Los nuevos soldados duermen en su casa, van en coche al trabajo y pasan varias horas sentados en una sala con joysticks, botones y pantallas.

Sin embargo, el estereotipo del héroe, el que protagoniza los ‘Call of Duty’ y los ‘Battlefield’, sigue siendo el tipo que se juega la vida en Oriente para defender a su nación, vuelve a casa y sale en vídeos de YouTube escandalosamente emotivos.

Obama abanderaba esta nueva forma de hacer la guerra durante su primera legislatura, mientras anunciaba la retirada de las tropas de Irak y recibía el premio Nobel de la Paz. Según dice, ha ido dosificándola en sus últimos años de mandato. Los defensores de estos nuevos métodos bélicos sostienen, obviamente, que se trata de tácticas más seguras para los militares americanos. Además, esgrimen informes que muestran que estos ataques teledirigidos reducen radicalmente las muertes colaterales de civiles.

Pero también hay una ‘cara B': los aviones no tripulados plantean dilemas éticos y legales. Con estos bombardeos de ciencia ficción se ejecuta a sospechosos de terrorismo sin juicio previo y en países que no están en guerra ¿Acaso hay alguna diferencia entre desplegar soldados en un país sin previo aviso y realizar ataques selectivos a hurtadillas con avioncitos de juguete? A mí no me pregunten, solo soy un chico que escribe sobre videojuegos.

Otro apartado complicado de las ‘Guerras Drone’ tiene lugar en la cabeza del piloto. Los militares experimentados que controlan estos cacharros trabajan de forma diferente a la de un marine veinteañero de servicio en Afganistán.

Los pilotos de drones vigilan durante varios días a un sospechoso concreto. Ven cómo va a trabajar, cómo juega al fútbol con sus hijos en la calle, cómo llega a casa y cómo lo recibe su esposa. Entonces, cuando reciben la orden de matarlo, esperan el momento adecuado y acaban el trabajo. Son soldados y cumplen órdenes, pero hay un salto importante entre disparar al enemigo de frente, armado y amenazando tu vida y hacerlo cuando espera a que su mujer vuelva de la compra.

Cuesta meterse en su piel. Debe ser extremadamente complicado asimilar que lo que haces en una pantalla en Estados Unidos tiene consecuencias enormes en la otra punta del mundo. Incluso se me pasa por la cabeza que esta gente cree que está jugando a un videojuego. Pero no es así. Las secuelas psicológicas que sufren los pilotos de drones son parecidas a las que tienen los soldados. Viven con el horario cambiado, están viendo guerra a dos palmos de su cara y cuando salen a la calle nadie tiene ni la más remota idea de lo que ha sucedido.

La vida del soldado de Obama es así de retorcida. En el videojuego independiente y gratuito ‘Unmanned‘, firmado por Jim Munroe y Molleindustria, nos convertimos durante un día a uno de estos pilotos y vivimos su drama en primera persona.

El juego consiste en realizar tareas cotidianas como afeitarnos, conducir, hablar por teléfono o jugar a la consola con el crío mientras reflexionamos sobre nuestro trabajo. Para que se hagan una idea: ‘Unmanned’ arranca con una pesadilla en la una familia árabe persigue al protagonista, que huye volando, convertido en un drone.

A la mañana siguiente, mirándonos al espejo del baño, reflexionamos sobre el sueño escogiendo varias vías: podemos achacarlo al cansancio y presumir de lo bien que se nos da matar terroristas o podemos fustigarnos por la vida que llevamos y analizar las consecuencias de nuestro trabajo. Mientras tanto, tenemos que afeitarnos sin cortarnos. En mi caso, me cortaba más a menudo cuando reflexión era larga y profunda, pero tal vez depende de la habilidad de cada uno.

En otra de las escenas, controlamos el drone mientras charlamos con nuestra compañera de trabajo. Debemos mantener la conversación mientras seguimos con la cámara del avión a un presunto terrorista. Hay varios finales posibles, todos interesantes. En uno de ellos, recibimos la orden de disparar y dejamos pasar la ocasión con un “espera, ¿estás seguro de que realmente es él?”.

El juego es una sucesión de situaciones triviales en las que intentamos llevar una ‘vida normal’ mientras nuestro trabajo nos persigue con dudas, inseguridades y desgana. Dependiendo de las decisiones que tomamos, nuestro ‘soldado de Obama’ puede ser un capullo insensible, un mentiroso compulsivo e inseguro o un tipo destrozado por el estrés y la culpa. Pero un héroe, jamás.

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