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Su documentación, por favor


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Víctor Navarro

Periodista. Trabajo en el diario 20minutos y escribo sobre videojuegos en El Píxel Ilustre y Yorokobu. A veces me dejan escribir cosas en Mondo Píxel.


Escrito el 23 de septiembre de 2013 a las 11:21 | Clasificado en Videojuegos

‘Papers, please’ es una extraña mezcla de videojuego, simulador y ‘mockumentary’ en el que descubrimos las entrañas políticas de una república soviética ficticia a principios de los años ochenta mientras encarnamos a un funcionario de un control fronterizo.

papers

Existe una cosa que se llama Transnistria. Es una franja territorial entre Ucrania y Moldavia que se declaró independiente en los años noventa. Solo está reconocida por tres países que tampoco están aceptados por la comunidad internacional: Abjasia, Obsetia del Sur y Nagorno Karabaj. Transnistria tiene un Gobierno y una moneda propia y nadie le hace mucho caso. Es como una  pequeña cicatriz de una herida mal cerrada tras el desmantelamiento de la URSS.

Sé todo esto porque me lo contó un colega y tengo la extraordinaria capacidad de diferenciar la información útil de la inútil para quedarme solo con lo inservible. Por ejemplo, conozco la forma de muchos penes extraños del reino animal. El de los patos tiene forma de espiral y el de las tortugas es una especie de flor púrpura y palpitante. Tal cual. Pero me estoy desviando del tema.

Adonde quería llegar con lo de Transnistria es a que todavía existen países postsoviéticos diminutos, con una calidad democrática dudosa y con una interpretación interesante de lo que son los derechos humanos. Son países que suenan a ficción, incluso a parodia, y me recuerdan mucho al universo de ‘Papers, please‘, un cóctel extraño de videojuego, simulador y ‘mockumentary’ ambientado en el país imaginario de Arstotzka a principios de los años ochenta.

Al comenzar el juego, el Gobierno arstotzkano saca nuestro nombre de la ‘lotería del trabajo’ (sic) y nos asigna un puesto como controlador de la frontera de la región de Grestin occidental. Nuestra tarea es revisar la documentación de quienes intentan acceder al país, comprobar que todos los papeles están en orden, detectar criminales y sospechosos de contrabando con escáneres que violan la privacidad de todas las formas posibles, ordenar detenciones y, si se tercia, disparar a alguien.

El punto de control que nos han asignado llevaba cerrado años y es especialmente conflictivo, así que los atentados terroristas son algo relativamente común junto a la valla. Esa es la base: un ‘quién es quién’ donde, además de las caras, tenemos que fijarnos la fecha de caducidad de los pasaportes, el número del DNI, el peso de la persona, su altura, su ciudad de origen, su cartilla de vacunaciones o su permiso de trabajo.

Hasta aquí, tenemos un simulador de burocracia que puede parecer un auténtico coñazo (no lo es, lo prometo), pero todo lo que lo rodea sirve para dibujar una parodia que nos cuenta el drama social, las pugnas diplomáticas, los problemas políticos y los fallos de seguridad de la gloriosa Arstotzka.

Un funcionario arstotzkano tiene la obligación de mantener una familia sana y próspera. Así lo dice el régimen. Por esa razón, si nuestra familia muere, estamos despedidos. Con mi sueldo (cinco créditos arstotzkanos por cada individuo que cruce la frontera con todos los papeles en regla), no podía pagar suficientes medicamentos, ni la comida ni la calefacción y al tercer día estaba enterrando a mi hijo, a mi tío y a mi suegra. Y tuve suerte: en muchas otras partidas mi esposa tampoco sobrevivió al cuarto día. Así de crudo.

Esta miseria absoluta en la que vivía era un caldo de cultivo perfecto para dejarme corromper. El Gobierno me obligaba a pagar un alquiler elevado por un piso que él mismo me había asignado y no me pagaba lo suficiente para sostener a mi familia, así que no tenía otro camino. Abusé de mis poderes como funcionario para sacar un sobresueldo. Averigüé que los guardias se llevaban una comisión por cada detenido, así llegué a un acuerdo con uno de ellos para mandar al mayor número de gente posible al calabozo.

También acepté algún soborno, requisé algún reloj sin motivo y, vaya, colaboré con un grupo terrorista dejando que sus agentes entraran en el país sin tener todo en regla. Mientras yo me llenaba los bolsillos de dinero de origen ilícito, el Gobierno endurecía su política de fronteras. Los sucesivos actos violentos que azotaban el país obligaban a los extranjeros a aportar más documentos que verificaran su identidad.

Al mismo tiempo, los datos del paro difundidos por la prensa empujaron al Ejecutivo a cerrar la puerta a forasteros que buscaran empleo y no tuvieran permiso de trabajo. Poco después, el ministerio de Admisión prohibió el acceso a los ciudadanos de la vecina Kolechia por su boicot a los productos nacionales. Sin quitar la vista de la cabina fronteriza, estamos observando al milímetro todo el debate político del país.

Después de varios días, el dinero dejó de ser un problema. Mi mayor preocupación era que me descubrieran, que me llegara una citación por saltarme las normas o que Hacienda se preguntara de dónde había salido la pasta. Por cierto, Hacienda se preguntó de dónde había salido la pasta y se quedó con todo sin dar explicaciones.

Al final (mi final, pero no el único final posible: el juego puede terminar de 20 formas distintas) acabé detenido y ejecutado. Llevé demasiado lejos mi afiliación con cierto grupo activista. Tampoco tenía otra opción. A saber qué habrían hecho con mi familia si no hubiera colaborado o si los hubiera delatado.

Me dejo muchos recovecos de ‘Papers, please’ sin explorar y sin analizar, porque te cuenta una historia nueva cada vez que lo juegas. Lo explicaba hace algunos días en Yorokobu: incluso si tu partida no dura ni veinte minutos, es suficiente para descubrir el drama de la desigualdad en Arstotzka y la incompetencia de sus políticos. Si llegas más lejos, descubres más cosas, pero nunca te quedas con la sensación de haber escuchado un relato inacabado. Descubrir y comprender las entrañas del mundo loco que nos propone el juego solo depende de tu paciencia, tu habilidad y tu imaginación.

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