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Urbanismo de ida y vuelta


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Thais Bonilla

Licenciada en periodismo por la Universidad de Valencia, está especializada en comunicación social y cooperación internacional por la Universidad Autónoma de Barcelona. Descubrió la cooperación ciudadana en Noruega, donde decidió volcar sus conocimientos en comunicación a las ONG.


Escrito el 28 de mayo de 2013 a las 13:38 | Clasificado en Ciudadanía

Llega el verano y las ciudades lucen repletas de turistas. Beneficios económicos para comerciantes y hoteleros, problemas sin solucionar para vecinos y vecinas. Los barrios, convertidos en museo-escaparate.

Pancarta que da la bienvenida a los turistas en el barrio de la Barceloneta, Barceloneta. (Flickr: itinerantlondoner)
Pancarta que da la bienvenida a los turistas en el barrio de la Barceloneta, Barceloneta. (Flickr: itinerantlondoner)

El urbanismo que ciudades como Barcelona y Valencia llevan años impulsando bien merece acuñarse como antisocial. Sobre todo, si se entiende el urbanismo social como aquel que mejora el día a día de las personas que viven y conviven en una ciudad; o si es aquel que favorece una ordenación del espacio público para que trabaje como agente de inclusión y libertad.

Ambas ciudades mediterráneas han decidido poner el énfasis en la ciudad escaparate que saca beneficio económico del turista, olvidando a ciudadanos y ciudadanas de siempre.

Para muchas personas expertas en la materia, como por ejemplo la teórica del urbanismo y activista Jane Jacobs o el catedrático en Geografía Ash Amin, ésta es la deriva que los cambios del espacio urbano sufren en su transición neoliberal. Sin embargo, a los y las habitantes de estas urbes no les convence la teoría y sufren “planes de mejora”, término con el que los Ayuntamientos han bautizado a la reordenación de zonas y a las obras interminables.

El Paralelo barcelonés

Barcelona lleva años elaborando el llamado ‘Plan del Paralelo. Una Avenida para las personas, las artes escénicas y la gastronomía‘. Su alcalde, Xavier Trias, presentó la propuesta el pasado mes de enero en el marco de una exposición en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB).  Lo introdujo como una propuesta para “mejorar la calidad de vida de los barrios y hacer que las familias puedan vivir mejor”, y destacó que “el alma de este Plan son las personas y su bienestar “.

Pese a ello, vecinos y vecinas de los barrios colindantes, como el Poble Sec o Sant Antoni, consideran todo como una estrategia para convertir la Avenida, que conecta el puerto de Barcelona con el recinto ferial de Montjüic, en un “nuevo Broadway barcelonés“. “Poco a poco, asistimos a la expulsión encubierta de nuestros vecinos y vecinas, a la subida de los precios de la vivienda y al aumento del control social en el espacio público”, apuntan desde la Asamblea de Barrio del Poble Sec.

Ayer se publicó el informe Global Destination Cities Index 2013. Un estudio realizado por Mastercard, que sitúa, por primera vez, a Barcelona en la lista de las 10 ciudades más visitadas del mundo. 8,4 millones de visitantes en 2012. Un galardón que da la razón a Anantxu Zabalbeascoa. La periodista, historiadora y crítica de arquitectura alertaba en 2007 del rumbo de la urbe catalana. “Es evidente que la ciudad recibe cada vez más turistas y es lógico que se prepare para ellos. Pero mientras sus usuarios y ex ciudadanos se afincan en localidades vecinas y la población del cinturón que rodea la ciudad en un radio de 20 kilómetros supera a la de la propia urbe, Barcelona podría terminar convirtiéndose en un lugar hueco, un parque temático de la antigua ciudad de Gaudí”.

En Valencia, el Cabanyal

Valencia, por su parte, no se queda lejos del plan urbanístico de la capital catalana.  El más conocido y significativo es el del barrio marinero del Cabanyal, amenazado desde 1998 por el proyecto de prolongación de la Avenida Blasco Ibáñez.

Las personas que viven en el barrio siguen luchando desde entonces por revertir los daños que ya ha hecho el Plan del Cabañal a la zona y evitar que siga su curso, eliminando un espacio declarado Bien de Interés Cultural en 1993.

El pasado mes de abril, la arquitecta e ingeniera Anna Maria Bordas ganó el Premio AJAC VIII, otorgado por el Colegio de Arquitectos de Catalunya, con una propuesta para el Cabañal titulada ‘Pasar sin romper’.  El objetivo era “encontrar una alternativa viable al plan de demoliciones actual del barrio, permitiendo la movilidad tanto de peatones como de vehículos, así como la reactivación social y cultural”.

Aún con buenas alternativas sobre la mesa, el Ayuntamiento de Valencia sigue apostando por un plan que supondrá, entre otras cosas, la destrucción de 1651 viviendas. Así, el pasado mes de mayo la alcaldesa Rita Barberá reiteró su confianza en el apoyo de Mariano Rajoy al proyecto.

Éste es solo un ejemplo de los muchos que visibilizan la política urbanística valenciana, que, como la barcelonesa, prioriza una ciudad atractiva para el visitante, aunque incómoda para el que la vive.

Las instituciones políticas parecen haber olvidado que, tal y como señalaba Jane Jacobs, “las ciudades tienen la capacidad de proporcionar algo para todo el mundo, sólo cuando se crean por y para todo el mundo”.

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