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Rouco Varela, el último príncipe


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Escrito el 24 de octubre de 2013 a las 17:43 | Clasificado en Religión

Rouco Varela hizo toda su carrera eclesiástica a la sombra de Juan Pablo II, un papa mediático pero muy autoritario y extremadamente conservador. En sus casi veinte años de poder ha hecho lo que se esperaba de él: amurallar ideológicamente la Iglesia española frente a los “enemigos” que pretendían destruirla. El cardenal impulsó con todas sus fuerzas a los movimientos neocons de la extrema derecha eclesial.

El cardenal Rouco Varela oficiando la misa de la Jornada de la Vida Consagrada en la Catedral de la Almudena, Madrid. (Wikipedia)
El cardenal Rouco Varela oficiando la misa de la Jornada de la Vida Consagrada en la Catedral de la Almudena, Madrid. (Wikipedia)

La controvertida beatificación en Tarragona de 522 religiosos, casi todos asesinados durante la guerra civil, será, con toda probabilidad, el canto del cisne del cardenal Antonio María Rouco Varela. Su último gran acto. Él, como presidente de la Conferencia Episcopal Española, lo ha organizado, pero no lo ha presidido. El papa Francisco ha enviado a otro cardenal, el italiano Angelo Amato, para que le represente en una ceremonia heredada del pontificado anterior.

Es una despedida. Rouco cumplió 77 años el pasado 20 de agosto. Hace dos, pues, que está el tiempo de descuento como arzobispo de Madrid, porque los prelados con “mando en plaza” se jubilan, en teoría, a los 75. Aunque eso casi nunca se hace así: lo normal es una prórroga de varios años. Hasta el último cónclave, Rouco tenía la casi certeza de que sería arzobispo hasta que él quisiese. Pero en Roma han cambiado los vientos. El cardenal gallego puede ser enviado a casa en cualquier momento. Muy probablemente antes de navidad o, en cualquier caso, antes de que los obispos españoles vayan a Roma en visita ad limina, llamados por el Papa, a finales de febrero.

Es una despedida, pues, y triste. En el mundo católico hay una norma no escrita pero que se cumple siempre a rajatabla: la Iglesia hace lo que dice el Papa. Siempre. Diga lo que diga y aunque su manera de actuar, la dirección que lleva, sea contraria a la de su antecesor o antecesores. Que es lo que está pasando ahora.

Rouco Varela hizo toda su carrera eclesiástica a la sombra de Juan Pablo II, un papa mediático pero muy autoritario y extremadamente conservador. Cuando el pontífice polaco llegó a Santiago, en 1982, y vio con qué eficacia había organizado su visita aquel oscuro obispo auxiliar, no lo dudó: a los dos años lo nombró arzobispo de Compostela, en 1994 se lo llevó a la fundamental archidiócesis de Madrid y en 1998 lo creó cardenal. El dedo de Wojtyla estaba posado sobre aquel canonista de pocas palabras, enjuto y mandón, y los obispos españoles entendieron el mensaje: lo eligieron presidente de la Conferencia Episcopal al año siguiente, en 1999. Lo ha sido hasta hoy… con una pausa de tres años (de 2005 a 2008) fruto de lo que se llamó la “conjura de Blázquez”, un episodio doloroso y humillante. Pero recuperó el poder. Y lo ha mantenido hasta ahora con su manera de hacer las cosas: ordeno y mando.

Disciplina, autoridad, obediencia

Ese es el problema. Rouco es un clérigo netamente wojtyliano. En sus casi veinte años de poder ha hecho lo que se esperaba de él: amurallar ideológicamente la Iglesia española frente a los “enemigos” que pretendían destruirla. Esa ha sido siempre la tesis de los ultraconservadores. La Iglesia según Juan Pablo II no necesitaba genios, pensadores, filósofos ni gente con brillantes iniciativas. Necesitaba disciplina. Autoridad. Y sobre todo necesitaba obediencia. Se acabaron los obispos intelectuales al estilo de Tarancón, Iniesta oEcharren. Las mitras que disponía Roma empezaron a ir, invariablemente, a las cabezas de los que alguien llamó “Rouco y sus hermanos”, parafraseando la película de Visconti: gente gris, sin demasiada formación, sin ideas propias, pero obediente y sin titubeos. Así es, con contadísimas excepciones, la Conferencia Episcopal Española de hoy.

Y gente, sobre todo, conservadora. En todos los órdenes de la vida. Rouco y sus obispos le hicieron la guerra abierta a Zapatero (el presidente que estableció para la Iglesia las mejores condiciones económicas que ha tenido desde el franquismo) y demostraron que tampoco se fiaban demasiado de Aznar ni de Rajoy.

Combatieron con toda firmeza la ley del matrimonio igualitario de 2005, que permitía casarse civilmente a personas del mismo sexo. Con firmeza callejera, porque se vio la inaudita escena de cardenales y obispos manifestándose por las calles detrás de pancartas. Movieron todos sus peones en el Partido Popular (y eran muchos y muy buenos peones) para que se plantease contra esa ley el famoso recurso ante el Tribunal Constitucional, ahora desestimado. Pretendieron que la legislación socialista sobre el aborto no se rebajase sino que se anulase de plano. Pelearon con todo éxito para mantener los privilegios fiscales, inmobiliarios, jurídicos y sobre todo educativos de la Iglesia: el Estado no sólo sigue pagando a los profesores de Religión que nombran los obispos sino que ahora, gracias a la Lomce, la catequesis católica vuelve a ser, increíblemente, asignatura de pleno derecho en el sistema de enseñanza español. El número y el poder de las universidades y colegios religiosos no ha dejado de crecer, mientras que la enseñanza pública sufre recortes sin cuento y se deteriora a ojos vistas.

Rouco, porque así lo quería el Papa polaco, impulsó con todas sus fuerzas a los movimientos neocons de la extrema derecha eclesial. Nunca tuvo el Opus Dei tanto poder (aun en el silencio) como durante estos años. Ningún otro prelado español ha favorecido con tal energía a los Legionarios de Cristo, hoy en horas muy bajas por los escándalos de pederastia, drogadicción y saqueo que acabaron con la figura de su fundador, Marcial Maciel.

El “cardenal de los kikos”

Pero sobre todo Rouco ha sido el cardenal de los kikos, del mismo modo que Wojtyla fue su papa. El llamado “Camino Neocatecumenal” de Kiko Argüello, a quien infinidad de voces católicas tildan de movimiento sectario y de ser una Iglesia excluyente dentro de la propia Iglesia, ha sido protegido y apoyado de manera inconcebible por el cardenal de Madrid, que les ha entregado parroquias, seminarios, demostraciones públicas y privilegios sin cuento. Rouco y Kiko Argüello fueron los muñidores de la JMJ de Madrid, en 2011, en la que el Camino demostró su inmenso poder ante un estupefacto Benedicto XVI. Rouco personalmente decidió que fuese el atrabiliario Kiko quien “decorase” el ábside de la catedral de La Almudena con unas pinturas que dejan sin palabras a quienes las ven.

Esa es la Iglesia que deja Rouco: la que le mandaron que dejase. Una Iglesia encastillada, fortificada, vigilante y prepotente, que se siente casi en guerra con quienes no comparten sus ambiciones. Una Iglesia volcada en el número y en el poder.

Pero eso no es lo que quiere Francisco. El nuevo timonel de la Iglesia está haciendo girar, con toda energía, el timón de la pesadísima nave dePedro. Francisco ya no quiere príncipes al estilo de Rouco, que vayan con el anillo por delante para que todo el mundo se lo bese. Quiere una Iglesia “pobre y para los pobres”, algo que pone los pelos de punta a los neocons, con Kiko a la cabeza. Una Iglesia que piense, que haga, que sea audaz y generosa, que se comprometa con los que sufren sin pensar en balances económicos ni estados de cuentas.

El tiempo de Rouco ha pasado. El cardenal gallego, un hombre propenso a la ciclotimia (grandes depresiones y momentos de contundente energía), se irá pronto, después de la resonante beatificación de Tarragona, receloso como siempre, desconfiado, triste por el rumbo que toma la institución a la que ha dedicado toda su vida. Un rumbo que él no puede compartir. Y quizá tampoco entender.

Fuente: Rouco Varela, el último príncipe
Autor: Luis Astúriz

Los votantes dicen...
  1. Guest dice:

    es absurdo, hay una gran armonía entre el Papa y el francesco Neocatecumenal

  2. Trilex Trilex dice:

    es absurdo, hay una gran armonía entre el Papa Francesco y el Camino Neocatecumenal

  3. Aquelarre dice:

    Ni JPII fue conservador ni Rouco un gran amigo de JPII.

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